ANOTACIONES A PEP COLOMER, PENSADOR

J.M. Uyà

 

Lo que tengo que hacer es llegar al límite; esto es lo que quiero tratar de conseguir.

Ernst Wiechert, 1976 [1]

 

Puesto que es la Realidad lo prioritario, no el Hombre.

Pep Colomer, 1985 [2]

 

 

En el proceso de conocimiento del ser humano, un día alguien señaló, ante el estupor de los demás, que el planeta no era el centro del universo, que era satélite del Sol, y aun más adelante, que ni siquiera el Sol estaba en un lugar concreto del universo, aquí o allí o allá, sino que estaba en un lugar de ninguna parte.

Este hecho, nuestra actual desubicación cosmológica (o conciencia de la desubicación), es palpable por lo que respecta a la cosmología, y es tranquilamente asumido o inconscientemente ignorado por la población. Ahora bien, de este hecho la población no ha sacado, todavía (?), consecuencias ontológicas. Es decir, en lo que se refiere al ser y al origen del ser, y a la realidad conciencial con que el ser valora la realidad que percibe por los sentidos. Queremos decir que este cambio o proceso de sacar consecuencias prácticas, palpable desde los idealistas alemanes y de los románticos, es mucho más lento que el cambio cosmológico producto de la ciencia pura, a pesar de ser una consecuencia directa. El individuo, cada uno, aún vive en la creencia del espacio exterior, de su verdad de realidad, y de su apariencia causa-efecto, y su transcurrir en un espacio-tiempo, al que estamos literalmente pegados. Algo, empero, ha cambiado: el aspecto transcendente de la realidad se ha fundido en el imaginario cultural, y lo hemos sustituido por un materialismo a la larga muy débil, incapaz del mito necesario para generar un modelo efectivo y consistente de vida. De hecho, el ser actual, de ahora, lo transcendente ni se lo plantea. A pesar de la moda insustancial del orientalismo en Occidente, ni Occidente ni el propio Oriente practican, exactamente, una sociedad transcendental. Todo lo contrario. Vivimos, residimos en un mundo aparencial, pero nos lo creemos al pie de la letra. Y la verdad es que la realidad no hace falta negarla, puesto que por sí misma se nos impone. No hace falta negarla, pero tampoco se vale creérsela, dado que, digan lo que digan, es indemostrable.

Los poetas (y Colomer tenía alma de poeta) son los especialistas en hurgar simbólicamente en esta desubicación cósmica, es decir metafísica. Los poetas no son capaces de tirar la toalla, y quieran o no, en ellos deposita la sociedad, sin saberlo, la inalcanzable pregunta metafísica. Es un hecho que nadie dice y que nadie encarga o determina, pero sucede. Pep Colomer, a pesar de querer ser pintor, se puede decir que fue el encargado en Girona, durante sus años de vida, del problema metafísico, al igual que Macedonio Fernández era el metafísico del barrio, allá, en su Buenos Aires. Y está bien que así sea, porque conviene que esta labor recaiga en un individuo que tenga tiempo, todo el tiempo del mundo. El tendero o el banquero no pueden hacer metafísica. Pero Pep Colomer sí. I aunque pintó muchos y muchos cuadros buscando “al cuadro”, a la manera obsesiva de Mallarmé de hallar “al poema”, no pudo evitar, Colomer, escribir, escribir lo que sabía, que era bastante, y profundo, y nuevo. Y aunque no halló al cuadro (probablemente porque la pintura no puede decir la metafísica), sí que encontró al texto. Encontrar al texto no es algo que pase cada día. Sólo lo encuentra quien lo persigue, ni que sea en otros ámbitos, como Pep Colomer. Pero, a veces, llega. A Pep Colomer le llegó de mayor, de muy mayor. De forma desordenada, quizás poco cuidadosa, inquieta, pero le llegó. I lo llamó Real-lògica, una filosofia pel dos mil (“Real-lógica, una filosofía para el dos mil”). No sabemos si la gente de la ciudad o de su país se han enterado. Más bien no. Pero no importa nada. Lo que es importante es que el texto existe, fue producido un día en un lugar, y lo podemos leer, lo tenemos que leer y glosar minuciosamente, porque conviene darlo a conocer, y conviene arrojar sobre él la luz que todo pensar necesita. Y conviene que quede dicho de forma suficiente. Para los que vendrán. Aunque no lo sepan. Pero Pep Colomer les hablaba a ellos, a los nuevos hombres del dos mil. Porque él vio cosas que tenían que ser dichas. La primera, que para el futuro hará falta muy bien aprender la lección de la soledad del ser humano en medio del no-saber general, cósmico, metafísico, puesto que el saber particular, por más próspero que ahora nos parezca, deslumbrados por la tecnología, es muy poca cosa ante la pregunta, la gran pregunta, que nos exige “unos cambios profundos y radicales”.[3] ¿Cuáles son estos cambios? ¿Qué nos quiere decir Pep Colomer?

Pep Colomer terminó su texto el 30 de diciembre de 1990, y probablemente lo había empezado unos diez años atrás. Él tenía ochenta y tres de edad. Es, por tanto, el texto de una vida. Desde entonces, han pasado cuatro días. Su vigencia es plena.

Consideraciones

 

Antes de responder a las preguntas que hemos formulado, hay que hacer una serie de consideraciones, a nuestro entender, para enmarcar convenientemente el trabajo reflexivo de Pep Colomer y poder conocer su valor.

Nace en los albores del siglo xx, el 3 de diciembre de 1907, y muere el 7 de noviembre de 1994. Vive, por lo tanto, ochenta y seis años. La fecha de su escrito es, como hemos visto, el 30 de diciembre de 1990. Esta vida que desemboca en el texto no sólo ha sido larga, sino que se enmarca en un momento histórico difícil y duro, que le parte la vida, como a mucha gente de su generación, en dos etapas. Hasta 1939, y a partir de 1939. A los 32 años, Pep Colomer recibe el golpe durísimo que recibieron tantas otras personas, que cortó, además de muchas vidas, una serie de trayectorias intelectuales y artísticas sanas y bien encaminadas. El país se quedó huérfano, durante largas décadas, de personas muy valiosas, muchas porque murieron; otras, porque se exiliaron, y otras más, como en su caso, porque se refugiaron en el exilio interior, en el silencio. Sólo hay que repasar su actividad en Girona de antes de la guerra (véase la cronología, volumen I, pág. 14-26) para darse cuenta. Él formó parte del grupo de jóvenes que llevaron los tiempos modernos a la ciudad del Onyar, y a pesar de que se dedicó profesionalmente a la decoración, artísticamente fue pintor, y, en aquellos tiempos, lo que ahora se conoce como agitador cultural.

Hay que advertir que todo esto, como a otros, no le resultó fácil, ya que su entorno familiar, si por una parte acomodado, por otra fue religioso y conservador, y de ahí nació una relativa marginalidad familiar y una pésima relación con su progenitor. Es decir, que desde su decisión de dedicarse a las artes plásticas, de muy joven, quiso emprender un camino personal y libre. Así pues, hay que pensar que el esfuerzo liberador de aquella juventud suya quedó sepultado con la derrota del año 1939, y a pesar de que, gracias a la familia, precisamente, el conflicto armado no le resultó nada abrumador, puesto que se libró de ir al frente y del servicio militar, el revuelo político y religioso se le vino encima. La mediocridad del entorno durante los siguientes cuarenta años le llevaría al silencio. Casado en 1940, su vida fue formal exteriormente y profunda interiormente. Cuando vuelve a la actividad pública, hacia 1976, ya es casi anciano, y la gente que le rodea y a la que él atiende e incluso hace de guía le lleva treinta años. Este hecho, de todos modos, no es nuevo. Son varios los creadores que no han recibido ningún reconocimiento hasta que los ha descubierto una generación más joven. Muchas veces es culpa del poeta o creador o pintor, que ha vivido recluido. Pero también una de las principales causas son las propias características de la obra del autor. Algunos trabajos son lentos. Hizo falta una nueva sabia gerundense (ya que él, por decisión, no quiso marcharse de la ciudad exceptuando una estancia larga en Barcelona), una reciente hornada intelectual, para que Pep Colomer saliese de su ostracismo y apareciese, extrañamente, como maestro, tanto por lo que a la pintura se refiere como a su modo de pensar la pintura y la vida. Ambas, sin embargo, no fueron ni son aún del todo comprendidas, en buena medida por su propia actitud, que debió de parecer a muchos hermética, o elitista, según de qué sector social o ideológico se le hiciera la crítica. Y, de hecho, era las dos cosas, porque lo profundo de Pep Colomer, como veremos, se resuelve en una mística moderna que no era, ni es todavía, reconocible en el discurso filosófico y artístico corriente. Y que no se ocupa del discurso social sino sólo en lo que atañe al individuo y a su criterio ético, del que se desprende todo lo demás.

Porque él fue un hombre, como se suele decir, de profundas intuiciones. Lo que no sabemos es si estas intuiciones eran naturales en él o le llegaron a raíz del silencio forzoso durante la larga noche franquista. Porque habría podido marcharse, exiliarse, huir. Y, sin embargo, de forma muy parecida a los autores estrictamente metafísicos, no se movió de su sitio, como si no le hiciera falta, como si el no moverse fuera un modo de ser. Esto conllevó un ostracismo y provincianismo evidentes, al menos hasta la caída del régimen. No sabemos hasta qué punto no quiso o no lo pudo hacer, pero todo parece indicar que no quiso marcharse de Girona, y si lo hizo, no le fue bien, y tuvo que regresar. Este no moverse, empero, es categoría, porque es en la contemplación del entorno inmediato que conviene saber y se puede saber lo que conviene. ¿Le faltaron lecturas, información? Todo parece señalar que sí, pero también es cierto que tuvo suficiente para situarse y situar su pensar. Por otra parte, podemos suponer un carácter no suficientemente activo en este aspecto, por lo que en su formación filosófica se detectan lagunas evidentes, aunque él, que no tenía ninguna intención de ser filósofo, las resolvió creativamente y, sobre todo, personalmente, inventándose su propia terminología de trabajo, conceptual, lo que convierte, por un lado, a su trabajo en muy personal, y por otro, resulta bastante complejo averiguar exactamente cuál es el sentido que da a cada término. Tema aparte es su forma de emplear la sintaxis y la puntuación, normalmente de modo que transcribe el propio pensamiento, según secuencias de oraciones consecutivas, pero separadas por puntos. La forma de escribir y la terminología, pues, añaden cierta dificultad epistemológica a la lectura de sus dos textos y al conjunto de fragmentos o anotaciones esquemáticas que nos ha dejado.

Pero, de hecho, Colomer, como escritor, no nace sino a una avanzada edad, ya que siempre se consideró a sí mismo como pintor. Éste es otro problema para su exégesis literaria, por cuanto lo que como pintor no consiguió, lo consiguió finalmente como pensador, es decir, formular una visión existencial, ética y metafísica plenamente avanzada. Ahora bien, no es en absoluto normal que un pintor escriba bien. Y si escribe, le arrastra una manera pictórica de escribir. En el caso de Colomer, la escritura parece como la nota final que se deja para aclarar y explicar la obra pictórica. Pero en realidad no es así. No habla casi nada, de pintura. Habla de los sueños, de la terapéutica, del cambio, del dejar ser, etc.

Cuantos le conocían sabían de su ambición pictórica, que fue mucha, tanta, que de hecho casi no pintaba, porque una tela tras otra era menospreciada, tapada, corregida, abandonada y pintada de nuevo, consiguiendo en algunas gruesos de pintura extraordinarios; en cambio, hay que decirlo, el resultado no era conseguido. El cuadro no aparecía por ninguna parte. La pintura de las cosas desaparecía, pero la de las ideas no se fraguaba. Cuando finalmente logra hacer una exposición como dios manda, hacia el año 1986, se excusa repetidamente por los cuadros, puesto que no son lo que él pretendía hacer. ¿Y qué pretendía hacer? Pues, según parece, una pintura metafísica, lo que no deja de ser un oxímoron terrible, porque la pintura es existencia, y la metafísica, inexistencia. Entonces concibe toda una teoría de los colores, y de las partes de la pintura, y de la composición, pero el concepto, en el cuadro, no aparece. Lo que él intuye, o bien ya sabe, y quiere decir, no se deja decir con el pincel. Entonces escribe y explica las bases teóricas, las diez condiciones, como las llama, con las que se tiene que armar la obra total… Finalmente reconoce, en entrevista con Francesc Carbonell, del 21 de diciembre de 1988, que “pintando, yo no saldré nunca adelante”.[4]

Hay aquí una profunda contradicción entre su arte, lo que él ha elegido, y su ser, el alma que él tiene. Desde fuera, así parece. Él, sin embargo, trabaja sobre una idea, un pensamiento por el que “las cosas que están bien no se explican, se manifiestan”. Y ciertamente debe ser así, y así lo comprendemos como fundamento de su discurso escrito o vital, pero de ello no se puede deducir la consecución de una obra visual que por su mera construcción y contemplación haga emerger el Sentido que él largamente buscó y en el que fundamentó su pensar. La consideración es que fue y quiso ser pintor, pero pintor de un modo tal que no lo pudo ser. Esto no quita ningún valor a su pintura finalmente realizada, y es notorio el valor pictórico de muchas de sus obras, e incluso suficiente para considerar a Pep Colomer como pintor, y también como teórico y pensador de la forma y el valor del cuadro, de la luz, el color y la composición en el cuadro, elementos a los que dedicó varios escritos que, en su conjunto, ya nos ofrecen una obra sólida y necesaria, en el contexto de la época y el lugar donde la llevó a cabo. De hecho, al igual que él fue iniciado de joven por Josep Aguilera, junto al grupo de los Íntims, a su propio alrededor se iniciaron y aprendieron, y también se separaron de él, buena parte de la nómina de pintores gerundenses tanto de antes como de después de la guerra, y hasta muy avanzada su vida. Como pintor, a favor o en contra, Pep Colomer fue, en Girona, una referencia real.

Fue y quiso ser pintor. Pero la pintura, a pesar de sí mismo, no le resultó suficiente. Con la perspectiva que da el tiempo, se puede aventurar la hipótesis de que, de hecho, no consiguió ser pintor. Le faltó pintura, y le sobró pensamiento. Porque lo cierto es que era otra cosa, que se puede definir diciendo que era un místico. Porque tuvo, no sabemos a partir de qué momento, otra presencia (palabra muy suya) que lo llevaba más allá, incluso mucho más allá, tan allá, que lo llevó a un comprender superior al arte formal, concreto, de la pintura, que nacía de una visión global del existir, una visión que quiso retener, decir, en la pintura, pero que se le escapaba por todas partes, ya que su contemplar no era formal —que también— sino que era esencialmente de orden ético y metafísico, es decir, un contemplar del Todo. Pep Colomer alcanzó, al final de su vida, el estado humano en el que la conciencia se ve a sí misma y ve lo exterior a sí misma como otra cosa, que conviene y se puede pensar objetivamente, y no sólo subjetivamente. Sintió la sorpresa de ser, experiencia imprescindible de la conciencia para trascender su inclusión y existencia en la realidad, y pasar de un estado infantil humano al estado de humano adulto, en el que la realidad es comprendida en sí misma, sin más, y no desde mí mismo. Esta experiencia la tienen, como comprensión abierta y modo de vida diario, muy pocas personas. Casi nunca los filósofos o los intelectuales, pero sí los poetas o los pensadores, cuando realmente poetizan o piensan. Colomer cayó de sí mismo hacia una comprensión abierta del mundo. Éste es el estado metafísico, éste es el cambio que él sintió, y, necesariamente, quiso explicar en sus escritos, tanto como pudo y tal como pudo, el cambio profundo y radical respecto a la forma de vivir que encontramos anunciado en la introducción de su Filosofia pel dos mil (“Filosofía para el dos mil”).

Pero esta experiencia mística es nueva, tal como la siente y la ve; nueva para todo el mundo, y sólo la encontramos en muy pocos pensadores, en parte preanunciada en Heidegger, ya al final de su vida, también en el fuerte grito nietzscheano, o vivida intensamente por Pessoa, o explicada por el argentino Macedonio Fernández, dicha también por los apócrifos de Machado, o intuida por Wittgenstein al final de su Tractatus. Pero ninguno de estos autores se halla entre los libros de Pep Colomer. Sabemos que fue un lector del conde de Keyserling, un divulgador alemán del orientalismo, con el que coincide en algunas intuiciones, y también que fue un gran lector de Freud y, aún más, de Jung, sobre el que fundamenta toda su terapéutica, y que probablemente tuvo contacto con los libros de Carlos de Castaneda, de gran predicación en los años setenta, y con los aprendizajes del indio Don Juan Matus, donde aparece el concepto de la impecabilidad, o conocemos su predilección por la que él llamaba la novela metafísica, y por un texto de Ernst Wiechert, Das Einfache Leben (“La vida sencilla”), escrito en 1939, que leyó en castellano mucho más tarde, donde aparece el concepto del fin del conocimiento, la necesidad de revisarlo todo de nuevo. Aquí y allá (referenciar exactamente todas las influencias de Pep Colomer supondría la labor de una tesis doctoral) convergen un puñado de presentimientos y actualizaciones ético-metafísicas que, por propia intuición, obsesionaron a Pep Colomer. Y el pensamiento que saca, en paralelo a los autores citados, es una visión moderna sólo posible después de milenios de realidad mítico-religiosa, y después de la formidable labor de deconstrucción de esta realidad mítica por parte de la Ciencia, y esencialmente, la física einsteiniana y, posteriormente, la física cuántica, conocimientos a los que Pep Colomer también, de modo precario, se quiso acercar, como por ejemplo al principio de incertidumbre de Heisenberg. Aquí y allá aparecen anotaciones, citas, fotocopias subrayadas, discutidas con interrogantes y preguntas… Es el trabajo de un pensador. Nada le es ajeno, todo le lleva a la reflexión, todo es un aspecto de ella. Da la sensación de que Pep Colomer trabajaba sin ningún plan, alimentándose de lo que iba encontrando, mientras por dentro la forja interior iba poniendo las piezas de lo que acabaría diciendo.

Existe, por tanto, en Pep Colomer, una plena actualidad futura, que es algo realmente difícil. Este mérito suyo, de pensador, lo alcanzó, sin embargo, muy al final de su vida, y lo que pudo sembrar oralmente fue poco, y normalmente incomprendido. Al final, sin embargo, con gran dificultad, se puso a escribir. Y este texto nos resulta del todo necesario para poder calibrar el valor y el sentido de su problema con la pintura, de su actitud vital, de su quehacer y su decir en una sociedad pequeña de una ciudad pequeña de un país pequeño, y no porque ser pequeño sea sinónimo de falta de valor, sino por todas las ausencias de los hechos y los días en los que tuvo que vivir. Ahora, hoy, empero, tenemos y retenemos estos escritos, y es hora de que tengan una luz pública más allá de la que él les pudo dar, de modo que el trabajo interior de Pep Colomer no quede en nada, sino que, complementariamente (palabra muy personal) a otros pensadores, del todo necesarios también, comprendamos la forma de su saber —que no hay que pretender absolutamente original, pero sí formulado en origen propio—, y nos sirva a nosotros, los desvalidos de esta hipermodernidad excesiva, contra la que sólo un pensamiento claro y una actitud responsable pueden tener algo que hacer. Y es esto lo que nos quiso legar Pep Colomer.

 

Una filosofía para el dos mil

 

Conviene recordar que Pep Colomer escribe dos libros. El primero, escrito en catalán pero auto-editado en castellano en Girona, en octubre de 1982, lleva por título Una terápia real-lógica, donde esencialmente trata de la cuestión onírica, y no siguiendo a Freud, sino a menudo tratando de modo inverso los métodos del vienés, y en cambio, acercándose más a Carl Jung, aunque también yendo más lejos, especialmente porque Colomer niega totalmente la existencia del inconsciente, pero sobre todo por la manera de interpretar la simbología de los sueños.[5] El libro contiene además una grafoterapia, con abundantes ejemplos de firmas y su pertinente interpretación caracterológica. Sabemos, también, que está elaborando una fisiognomía, dedicada a la interpretación del carácter a través de los rasgos del rostro. Pep Colomer incluso intentó, brevemente, establecerse por libre como terapeuta. El libro, en consecuencia, que contiene numerosas erratas y faltas de ortografía, nos introduce así mismo en el uso tan especial que Colomer hizo de la sintaxis. Si las primeras erratas son comprensibles por el tipo de edición, el uso sintáctico, por el contrario, nos acerca a una necesidad expresiva del propio contenido, puesto que el intento de expresar algo metafísico, de modo parecido a la mística, conlleva una serie de problemas expresivos, porque uno intenta hablar de lo innombrable. El modo de decir, en consecuencia, resulta a menudo forzado, porque, atención, no estamos ante una escritura literaria, sino ante una escritura del sentido que para el autor toman las cosas, y siendo así, la manera forzada de escribir de Pep Colomer aparece como justificada.

Este primer libro nos adentra ya en su pensar, en este caso basado en la idea de que los conflictos psicológicos nacen de un Problema de Desorden Personal —el uso de las mayúsculas conceptuales es habitual en la escritura de Colomer— debido a la negligencia habitual de los individuos en relación a su autoexigencia y su deseo de Comprensión. Estamos, dice, “inatentos e inadvertidos, en situación ilusoria, exaltados o reprimidos, ya que no tenemos Atención del sentir para asumir la Realidad con una Actitud Alertada y Disponible”. Ya tenemos aquí, en esencia, el planteamiento de su visión ética y existencial. Los sueños, en realidad, no serían nada más que una herramienta de nuestro ser para “Complementar, reequilibrándolo, el desorden de la vigilia, producto de aquello que el hecho de vivir no tolera —en ningún momento— que la Atención deje actuar”.[6] Así, inatentos, perdemos la Salud. Pero los sueños son “directos mensajeros de la Realidad inadvertida”, y despertamos, según Colomer, justo en el momento en que el sueño ha dicho lo que tenía que decir.[7] Esta idea nos hace pensar en la obsesión de Miquel Bauçà, el eremita del Ensanche, por filmar los sueños. Y tiene mucho que ver también con las apreciaciones de Don Juan, el indio yaqui, en relación a la importancia del soñar y ensoñar, como estadios de comprensión existencial. Para Macedonio Fernández, la vida es, realmente, un ensueño, es decir, una irrealidad real, o una real irrealidad.[8]

La pregunta que podemos hacernos es ésta: si los pudiéramos ver despiertos, ¿tendrían algún sentido? Puesto que si el trabajo es involuntario de la conciencia, ¿de qué le sirve, a la conciencia, aquello que no entiende y que se produce en su propio seno involuntariamente? La cuestión de los sueños, como sabemos, ha sido y es prolífica en interpretaciones. Machado, a la manera de Heráclito, considera que lo importante es estar despierto (atento, en terminología colomeriana), y que el sueño no es nada esencial. En cualquier caso, para Pep Colomer los sueños realizan un proceso de objetivación en la labor del ser para asumir lo que es y lo que no es, según su tesis de que conviene aceptar objetivamente lo que es. Acerca del concepto o visión, mejor dicho, de lo que es, nos podríamos preguntar, maliciosamente, qué debe ser aquello que la mayoría, por subjetivos e inatentos, hacemos pasar por real y bueno, pero que en realidad no es sino pura ilusión, sombras de uno mismo. ¿Por qué aquello que me parece ser a mí, a cada uno, no es tan real como aquello que, en otro momento, veo de otra manera? Aquí nace el principal problema a la hora de verificar una posición metafísica objetivista o descriptiva, ya que supone una percepción de la realidad (“lo que es”) prácticamente incomunicable, dado que nada puede llevar a verificar tal afirmación si no es la simpatía comprensiva. O sea, que esta cuestión que plantea Colomer, lo que es, ofrece una visión mística laica, un estadio de despersonalización del sujeto por trascendencia de sí mismo hacia el Todo, que se le aparece como una Presencia absoluta (y absolutamente inexplicable, dicho sea de paso). Es éste el mismo planteamiento que encontramos en Macedonio Fernández, para poner el caso más definido de metafísico moderno, no idealista, y puramente descriptivista.

O sea que quien no ha salido de su propia subjetividad a través del trabajo trascendente de la conciencia no hay manera de que esté atento y advertido, es completamente incapaz de ver lo que es. Pep Colomer cree que la terapia de los sueños tiene que servir precisamente para eso. Porque el sueño, nos dice, con una cierta imprecisión terminológica, no es símbolo, sino que significa “la realidad objetiva que el propio individuo no ve de sí mismo”. En consecuencia, si lee correctamente el sueño, el individuo puede comprender lo que no sabe ni advierte estando despierto. Para Colomer, cualquiera con una “alertada actitud intuitiva” puede interpretar los sueños.[9] Y acto seguido pone numerosos ejemplos (la parte más extensa de este primer libro), que, al fin y al cabo, son lecturas igualmente simbólicas, por más que Colomer las vea objetivas. En cualquier caso, para poderlos leer, tenemos que recurrir fatalmente a los símbolos —que este uso sea más objetivo que el de Freud o el de Jung es otra historia. Colomer propone toda una serie de analogías objetivas; por ejemplo, un agujero quiere decir la entrada en un conflicto personal, o bien una cama es la evocación de la entrega a otro. Nos aclara, sin embargo, que las analogías son variables para cada persona, o sea que todo depende del ojo del terapeuta. Según él, si sabemos salir de nosotros mismos, la Realidad siempre nos estará ayudando, y los sueños son Realidad objetivada que hay que comprender, ya que promueve “el Equilibrio Compensatorio de una situación que tiende a plantearse como Insuficiente o Excesiva”.[10] Conviene decir que la interpretación que ofrece de ejemplos concretos, refutando esos mismos ejemplos empleados por Freud, parece sugestiva y veraz. Es decir, que una vez enunciado el principio general ya indicado, todo es un problema de ojo interpretativo.

Según Colomer, existe una amplia gama de sueños, desde el sencillo que se repite, hasta el nouménico, advertidor o confirmativo. Son estos últimos los que el terapeuta tiene que tratar, de acuerdo con la perspectiva de que siempre hay que tener una actitud alerta para poder obtener un merecimiento. Pero estos últimos conceptos los encontramos reiteradamente planteados en el siguiente texto, La comprensió real-lògica (“La comprensión real-lógica”), que es, al fin y al cabo, el núcleo de su obra. No tenemos aquí la capacidad de discernir la veracidad o no del planteamiento terapéutico de Pep Colomer, pero nos sirve como entrada en su mundo y su modo de ver el mundo.

 

La comprensión real-lógica

 

De una forma más o menos desordenada, Pep Colomer presenta un segundo libro, publicado en 1991, en una sencilla autoedición, esta vez sin pie de imprenta, con el título La comprensió real-lògica: una filosofia pel dos mil (“La comprensión real-lógica: una filosofía para el dos mil”), que contiene el manuscrito terminado el 30 de diciembre de 1990, a sus casi 83 años. El texto resulta irregular, con una serie de apartados cuya diferenciación no está clara, con inclusiones de una nueva terapéutica, esta vez no dedicada a los sueños, sino al individuo en general, y otro capítulo y muestra de firmas de su grafología. En cualquier caso, estos apartados, antes de las “Conclusiones definitivas”, no hacen más que aplicar y profundizar terapéuticamente en el conjunto de sus ideas ético-metafísicas.

Señala Enric Ansesa que “quizás el Colomer más intenso es el pensador”, y añade: “A mi entender, es un pintor en fase de ruptura, una ruptura que puede que no se produzca nunca.”[11] Arnau Puig va más lejos cuando afirma que “era una persona que se debatía por saber el sentido del mundo, que buscaba la explicación a través de las palabras, y cuando éstas le parecían demasiado vacías […] entonces intentaba recuperar su sentido buscándolo en […] la pintura. Pep Colomer, pues, también pintaba”. [12]

Francesc Miralles comenta: “Fue entonces —a partir de 1940— cuando empezó una actividad solitaria en la que su pintura era el resumen de sus teorías y reflexiones, no precisamente plásticas, sino cosmológicas”, y más adelante afirma: “Quizás sea éste, el teórico-pensador, el Colomer más intenso: un Colomer que se adentraba en la ciencia, en la física, en la humanística, en el existencialismo, en el mundo oriental. Y establecía un principio ordenador de todo.”[13]

Enric Ansesa, en otro artículo, aclara: “Colomer, como pintor, hay que entenderlo en el sentido en que los chinos definen a un pintor: pensador, poeta y calígrafo.”[14] Como vemos, todos los que le rodearon en sus últimos años coinciden en verlo más como pensador que como pintor.

Conviene añadir que, en torno al año 1980, sufre una pequeña lesión cerebral que afecta a la “praxis constructiva grafomotora (inteligiblemente llamada, también, competencia en el dibujo)”, de la que se recupera satisfactoriamente, aunque le priva en ciertos momentos de la práctica pictórica.[15] No sabemos hasta qué punto la enfermedad pudo afectar a su decisión de escribir, empujando todo su estado de visiones y sensaciones a intentar decirse, no sólo en el cumplimiento de un cuadro, sino también en un discurso conceptual propio. Sea lo que fuere, Pep Colomer se pone a escribir, siendo así que todas las citas referidas inciden en el valor más allá de la pintura de su sentir y su saber, que se acaba definiendo en el texto que nos disponemos a comentar, siguiendo el orden en el que él lo escribió, para poder dar muestra de su desarrollo. Como si dijéramos, una lectura acompañada.

En la página 3 asevera que el libro es necesario porque coincide con “imperativos nunca atendidos”, que comportan una “revisión y cambios profundos y radicales” en aquello que es fundamental en nuestro vivir, ya que “el Hombre es el gran desconocido”, por cuanto no comprende la realidad.

Éste es el anuncio, importante, de un cambio de paradigma existencial, que él se propone formular, el cual supone una inversión radical en la percepción y vivencia de la realidad. Por ejemplo: no se trata de conocer, sino de comprender; no de ser, sino de dejar ser; de creer, sino de estar atento; de actuar, sino de estar disponible; de decir, sino de sentir; de pedir, sino de autoexigirse; de ser subjetivo, sino de ser objetivo…

Esta inversión, en muchas cosas orientalizante, pero nada aplicada en Occidente, supone, necesita entender la realidad como un absoluto (nada está más allá), y el yo también como un absoluto (nada existe más allá de la información de las sensaciones del yo), de lo que resulta la Comprensión de la Realidad Absoluta del Yo, sin más trascendente. Este modo de ver las cosas supone el entierro de todo el platonismo, que de hecho ha sido la gran labor, desde Kant, de la filosofía occidental, hasta que no queda nada o casi nada.[16] Pero esta nada es mucho, porque es real, y no quimérica.

Es decir, todo lo que hay (para cada uno) es todo lo que es, y esta visión es un estado de la conciencia y de conciencia, por el que convendría que a partir de ahora rigiéramos nuestro hecho existencial (esto es perfectamente observable ya en nuestra sociedad del dos mil; el problema es que no ha supuesto una nueva ética, como cree que la tiene que suponer Pep Colomer, sino sólo un materialismo ciego, una autarquía de los sentidos sin trascendente, pero tampoco con sentido). Si aplicamos esta visión, nos daremos cuenta de cómo hemos estado hasta ahora viviendo en un mundo de apariencias, imaginaciones e ilusiones, un mundo subjetivo. Y es importante, y mucho, salir de él, hacia una conciencia objetiva del mundo (que no quiere decir científica, porque la “ciencia también es una subjetividad, aunque objetivada por la Razón y la Lógica de la Razón”, pero, en metafísica, la razón es un elemento menor).

Y lo primero que hay que hacer es darse cuenta de lo que es y de lo que no es (éste es un problema epistemológico de primer orden, como ya hemos comentado). Para poder darse cuenta, hay que tener una actitud personal, actitud que no se podrá alcanzar si no hay una ascesis de cuerpo y alma (un trabajo de depuración y limpieza y control), dentro de la perspectiva de que el vivir es un estado y proceso de contemplación (“dejar sentir”), en el que el individuo tiene que vivir y dibujar cada cosa y hecho como una obra de arte, la obra de arte de la vida de cada uno, por lo que hay que estar atento y advertido. Si esto es así, entonces el vivir, la vida personal, revela y adopta un sentido, el del cumplimiento en plenitud de mi yo, que es único e irrepetible.[17] Si no lo hacemos de este modo, seguiremos perdidos, infantiles, enfermos y equivocados.

Todo este planteamiento, que aquí hemos presentado como resumen anticipante, lo desarrolla en los apartados siguientes del libro. En la página 5 anota seis citas, que titula “Axiomas”, extraídas de autores y tradiciones muy diversas. Conviene, me parece, destacar la última, que nos indica la razón de ser de la metafísica, “la presencia ineludible de unos problemas” (E. Nicol, México). Y añade: “La tarea principal en filosofía es el planteamiento del problema. Una vez logrado, la solución se desprende casi por sí sola; como fruto maduro.”

¿Cuál es, pues, este problema?

En forma de poema (los dos únicos textos poéticos que conozco de Colomer son éste y el dedicado a Miquel Martí i Pol), casi a la manera presocrática, el autor enuncia el problema, que desgloso de la siguiente manera.

En el antes y el después de la existencia hay una nada real que es puro enigma (que es cómo Colomer llama al misterio de la existencia, puramente el único misterio que hay). Sin embargo, el vivir detecta, puede detectar, la presencia del existir de todo, que resulta evidente a la conciencia como aquello que es un orden esférico absoluto (ya que todo está en relación a un centro único, el yo sensible), que conviene vivir de manera que no culmine otra vez en la nada (es decir, hay que dotar de trascendencia a la propia vida a través del trabajo de contemplación y de la actitud), por lo que, sin embargo, hay que tener la vocación suficiente en forma de conciencia que quiere comprender y quiere acceder al espíritu, que no es más que aquello que conforma el sentido si la persona, como ser, ha actuado correctamente con su actitud disponible, de modo que todo lo que pase y comprenda sea un “mérito”, un merecimiento no buscado, sino hallado.[18] El “Sentido, pues, según lo interpretemos, es la propia labor de ser del ser esforzándose en ser más y mejor ser” (el subrayado es mío), luego no de cualquier manera, como hasta ahora, sino de la manera en que nos explicará en los siguientes capítulos.

 Colomer, en consecuencia, no hace emerger el sentido de la existencia en el más allá creador, en Dios, ni se atiende a ninguna explicación racionalista o científica, sino que sitúa el valor de la existencia en el lugar exacto que cada uno le habrá sabido dar según cómo haya llevado a cabo su labor de vivir (el subrayado es mío). Porque la existencia no es algo por conocer (saber cómo, cuándo, por qué, de dónde, etc.), sino por comprender en su enigma absoluto, que es irresoluble. Comprender un enigma irresoluble quiere decir, evidentemente, entender su calidad de enigma irresoluble, místicamente.

En consecuencia, Pep Colomer no nos ofrece una metafísica, que declara no posible, sino una ética (que nace, empero, de una especial percepción existencial, la de que no hay nada más que lo que hay, lo que sí es una metafísica, que la realidad por mí percibida lo es todo).

Así que lo que hagas y cómo lo hagas, y no otra cosa, te dará el valor y la explicación de tu existencia, será tu sentido, si has estado despierto y disponible y has sido responsable, y no has imaginado nada que no fuera, puesto que lo que es, es aparte de lo que nosotros imaginamos ser, de forma radical y absoluta.[19] Esta ley, interpretamos, es superior y conviene verla. Y si la ves (conciencia) y te dejas llevar por lo real objetivo (y no te dejas llevar por el irreal subjetivo), entonces te será dada la plenitud, y tu muerte, dice Colomer, no habrá sido inútil, puesto que has dejado al ser (el tuyo, ¿o existe un ser?, no lo aclara) más consciente y menos ilusorio. Es decir, has hecho una labor ética, o sea, impecable. (¿Con unas consecuencias metafísicas, es decir, revelando, en parte, al enigma? No lo dice. Pero lo piensa. Lo dirá más adelante.)

Aquí se oculta, de forma insoslayable para casi toda persona que haya intentado la metafísica, parte del idealismo de Pep Colomer. Al fin y al cabo, esta ética pule al ser, y a través de este trabajo de perfección, el ser algún día volverá al todo o culminará en él. Vivir, pues, tiene un sentido, el perfeccionamiento del ser para trascenderse. Que esta trascendencia no esté explicada o deificada no debilita para nada su propia dirección trascendente, puesto que de alguna manera hay que justificar el esfuerzo y la exigencia. La ética, empero, si es ética, no necesita de ninguna justificación. Esta apreciación metafísica, consecuencia del perfeccionamiento del ser, sólo queda, sin embargo, enunciada débilmente en algunos momentos del texto. Tiene que quedar claro, de todos modos, que, en metafísica, cualquier apreciación positiva o conclusión positiva tiene que ser siempre idealista, porque de lo contrario no puede llegar a tener ninguna forma, y es constantemente un vacío.

La fuerza del texto de Pep Colomer es, esencialmente, ética, una ética del ser, cuya base es una fuerte corrección óptica, a la manera de ser del ser.

La naturaleza es orden. Los humanos, desorden (irresponsable). La realidad es un todo, pero nosotros no lo vemos, y nos angustiamos queriendo saber el qué, el por qué, etc., así que la realidad y nosotros vamos por separado. Si no somos capaces de reasumir la realidad, superando nuestra profunda subjetividad individual que nos hace ver con los ojos no lo que todo es, sino lo que creemos o queremos que sea, de modo infantil…, si no superamos el obstáculo del yo (a pesar de que, paradójicamente, todo es yo) a través del yo comprensivo, seguiremos generando desorden, y vivir no servirá para nada. Seguiremos coexistiendo, sin convivir, y confundiendo amar con poseer.

Mientras tanto, la realidad es, como si fuera un milagro, y no lo vemos —aquí hay que empezar a entender que la base del conocimiento de Pep Colomer es la visión mística de la realidad, que es una experiencia individual que se tiene o no se tiene, y si no se tiene, todo lo que se deduce de tenerla pierde sentido. Visión mística, es decir, fuera de mí desde mí, percibiéndome sintiendo al absoluto ininteligible de la presencia de todo existiendo. Si vemos la realidad tal como es, a pesar de que el enigma no desaparece, la vida adquiere un nuevo sentido y merece ser vivida. Ya que, al identificarnos comprensivamente con lo que es, la conciencia se abre ilimitadamente desde el yo hacia el todo, e inicia un viaje de conocimiento insospechado antes. Desaparece la vacuidad, porque en nuestra base de ser se ha instalado el silencio contemplativo y comprensivo, que antes rehuíamos haciendo ruido y hablando. Porque la realidad es silencio.

Los sentidos sólo son las herramientas del ser. Vista, olfato, oído, tacto, gusto, no son nada sin la sensibilidad, la conciencia y la actitud de la conciencia, que hay que abrir en disponibilidad, en el flujo continuo de la vida, al mismo tiempo que hay que contemplar y dejar ser.

Conviene seguir los acontecimientos sin forzarlos, pero estando alerta para “advertir la unidad de nosotros y de Todo como el Sentido de la vida. Vivenciándola en su Plenitud. La del prodigio de Ser”.[20] Una vez la experiencia de la sorpresa de ser se ha producido, “en el que todo se limita a no ser más que el soporte (extasiado) de un supremo cumplimiento insólito, inconcebible, nace un camino profundo, al lado de la vida vegetativa, neurótica, ’de ir tirando’ ’a tientas’” con una vida sin objeto. Porque en relación al problema (absoluto) de la existencia, Pep Colomer declara, catalanísimamente, que hay que saber a qué atenernos, es decir, no podemos estar viviendo como medio indocumentados, sin saber qué hacemos, sin leyes ni orden interior, que es lo que hacen el 99’9 por ciento de las personas. Simplemente, porque no es serio estar vivo y viviendo y no tener ningún tipo de autoconciencia ni de reflexión bien hecha.

Entramos aquí en el capítulo central del libro. Como no queremos traicionar excesivamente el espíritu del texto, conviene advertir de dos cosas: el texto no presenta un orden claro, y el pensar tampoco tiene una sistematización (por otra parte no deseable ni posible), y, en la manera de decir de Colomer, se utiliza continuamente la exposición retomada, reformulada o literalmente repetida, ampliada y otra vez retomada y resumida… con pequeños o largos ex-cursos que se resuelven en nuevos resúmenes, etc. El texto, de forma evidente, habría necesitado una reescritura y reelaboración, pero imaginamos que la propia dificultad de escribirlo, para alguien que no es escritor, la avanzada edad en que escribe y el propio contenido del texto, esencialmente creativo e interpretativo, y nada fácil, no lo permitieron. Enunciaremos, pues, el conjunto de ideas que nos parecen claras y que van definiendo aún más el perfil pensador de Pep Colomer.

Los dos primeros párrafos son de una ininteligibilidad casi total, pero, según creo, se puede desprender que la base significativa del intento por “Comprender el Origen de lo Existente” es el absoluto, del que puede aparecer el ser, que es relativo.[21]

Ahora bien, y esta visión es esencial, “en rigor […] puede afirmarse que sólo existe una Realidad. La de cada uno, la Tuya. Aquella que vives”.[22] Aquí está la clave de su visión, con la que da un gran paso definidor del antes y el después del conocimiento que nos trata de aportar, dejando atrás tanto la visión mítica como la idealista, y también la racionalista, del conocimiento humano. No es el único, porque toda la filosofía moderna desde Kant ha trabajado para llegar hasta aquí, y las aportaciones de Schopenhauer, Nietzsche, Renouvier, Wittgenstein, Benda, Heidegger, Sartre, Machado o Macedonio Fernández, por citar a los metafísicos, son una realidad dicha y escrita de forma muy clara, pero de un final común, que queda enunciado en la afirmación de Pep Colomer. Lo sorprendente es cómo Colomer, en buena medida ignorante de estos autores, llega hasta ahí. Conviene saber de la colaboración de las ideas, como hemos dicho, del conde de Keyserling y su Escuela de la Sabiduría, pero a pesar de ello la claridad y concisión de su afirmación son del todo personales.

Afirma, también de forma clara, que “no somos más que Centralidad (concienciadora) de aquello que pueda ser el Enigma”.[23] Todo, en el ser, es sí mismo y desde sí mismo. Lo que anula el valor del exterior como causa o explicación de fuera (pura recepción de los sentidos del yo, como ya hemos indicado antes) y del lenguaje, precario simbolismo de la realidad que siente el yo. No existe un centro exterior ajeno al yo: “Sólo (se puede) partir de la propia (centralidad) para mantener la Unidad de lo Total que nos sustenta.”[24] Si todo es yo, pues, sólo expandiendo la capacidad de ser del yo podrá el yo entender y acaecer completamente. Cualquier otra perspectiva llevará al error: “Todo consiste pues en promover y expandir la Centralidad Propia Personal, en el ámbito Absoluto, Inmanente, de la Significidad Esfericidada.” Porque “la Realidad es lo Absoluto. Y es aquí donde radica el Enigma”. Dicho de otro modo, el misterio de ser es impenetrable, ya que es absoluto. Y todo lo que existe está sometido a esta ley: “Siendo así, existir presupone mantenerse en permanente atención. Para no perder el contacto con el Sentido Esencial.”[25]

Colomer, por tanto, desmonta toda apariencia o ilusión, y nos pide que actuemos sólo desde el propio sentido de ser del ser, de modo que sólo haciendo de la propia existencia en el tiempo un trabajo de atención comprensiva abierta y disponible (una obra de arte, dice), podremos (porque nos vendrá dado) hallar el propio sentido de este vivir. Este esfuerzo tiene su sentido (no será inútil), y culminará “Trascendiéndose”.[26] En ningún momento, empero, esta trascendencia indica que lleve más allá del propio yo creador. Todo lo contrario, la trascendencia, según creo interpretar, estriba en la maduración y ampliación del propio ser gracias a su trabajo no imaginario, que nace de aceptarse objetivamente y no subjetivamente; dicho de otro modo, que no hay más que lo que hay, pero con lo que hay el ser puede y tiene que vivir de la manera más atenta, responsable y consciente posible (lejos, evidentemente, de cualquier iglesia o de cualquier dogma o de cualquier moral) por sí mismo. Y ésta es su trascendencia (luego ética, y nada más que ética, nunca metafísica) dentro del marco de lo incognoscible: “Y es así cómo lo Absoluto va acaeciendo, en términos de Total.”

No nos tienen que echar atrás las aparentes paradojas de su discurso. Es, precisamente, el pensamiento paradójico (por ejemplo: todo está en mí, pero yo tengo que ser objetivo), que nace del hecho real de la paradoja de vivir (una vida muerta, una muerte viva…), el que tiene que emplear Colomer, y cualquiera que entre en este terreno, para mirar de arrojar sentido. La nueva perspectiva de Colomer, al ser una simplificación de lo existente y una negación de lo imaginario subjetivo, lleva las cosas hasta un punto terrible e irreductible, pero altamente verdadero: todo está en yo y en mí, y sólo de yo y de mí dependo, pero así mismo tengo que ser altamente responsable para no caer en la quimera y, en cambio, poder seguir un camino claro, fuerte y potente en la existencia. Es decir, tal como señaló Rilke, Colomer nos pone en “lo más difícil”, porque si bien se mira una visión tal se puede volver insoportable, al igual que resulta insoportable la visión rilkeana del ángel, pero, y éste es el valor, sólo aguantando esta visión, estando en esta visión, lo abierto puede suceder. De otro modo todo es apariencia cerrada, ahogo, peso, enfermedad. Y la realidad, quimerizada en el ser de cada ser, entonces no se ordena nunca; por lo tanto, dice Colomer, el “Todo (existencial-colectivo) exige ser revisado”.[27]

Este trabajo de cada uno, en tanto que ser, tiene que ser un sentir creativo convertido en arte: “Todo el mundo, pues, tendría que ser un Artista de la Vida, […] en rigor, una cuestión de estricta Sensibilidad. En la que el ser intenta detectar lo que realizado pueda ser.” Para acometerlo se requiere “una Actitud impecable que exige —indefectible— el propio Merecimiento”.[28]

Tenemos aquí ya tres conceptos básicos: actitud, impecabilidad y merecimiento, y el uno lleva al otro, todos formando el eje de la ética metafísica colomeriana, o ser conciencial, dicho a la manera de Macedonio Fernández. Estos conceptos los encontraremos más adelante de forma más amplia, pero si seguimos al texto de cerca, que es lo que estamos haciendo, nos aparece de inmediato una afirmación sorprendente, que nos revela el desorden de la exposición, puesto que afirma: “Y esto es Todo lo que se puede hacer.”[29] Pareciera que ésta tendría que ser la frase final, y, si bien se mira, lo esencial ya ha sido dicho. Conviene llamar la atención sobre la mayúscula del Todo, donde queda incluida la acción toda que se puede hacer y el todo en el que se puede hacer, que es lo que determina la imposibilidad de que la acción sea otra, más imaginaria, debido a la férrea ley que nos impone darnos cuenta de lo que hay realmente.

El pensar de Colomer se desarrolla en periodos que se asocian de un modo que podríamos llamar cuántico, a saltos, sin relación argumental, de manera que acto seguido retoma la finalidad (y a la vez punto de partida) de todo, que es el estado de conciencia metafísica: “Para llegar a descubrir que el estricto hacer de Ser será siempre —por sí mismo— un Prodigio inexpresable.”[30] Efectivamente, sin esta visión, desrealizadora y realizadora de la realidad, visión personal, única, intransferible e inexpresable (la metafísica no se puede decir, pero se puede hacer…), la perspectiva ontológica de Colomer no está al alcance del lector.

A partir de aquí, el texto gira repetidamente sobre el eje de esta visión y fórmula de ser, empleando en algunos momentos terminología no explicada y de difícil interpretación. También nos encontramos con algún párrafo que parece quedar con la sintaxis incompleta.[31]

Refiere, entre otras observaciones, la posibilidad de posibles reencarnaciones gracias al trabajo de mejoramiento del ser realizado por la ascesis. Es una idea, empero, que no repite. Sí que, en cambio, vuelve sobre el hecho de que la existencia se tiene que ejercer de manera creativa, y, afirma, y esto nos interesa más, la revelación de esta visión es un puro hecho inefable, que sólo “una ínfima, irrisoria minoría”, puede presentir.[32] Ciertamente, la consideración elitista de Pep Colomer podría tener aquí una base, pero nos equivocaríamos. El estado de conciencia metafísica, si no se produce en la mayoría de las personas, es debido a su falta de atención, nos diría Colomer. En cualquier caso, es un problema, podemos añadir nosotros, porque una ética que se sustente en la constatación de la dificultad general para acceder a ella parte de la consideración de que no será aplicada, porque no será alcanzada. Pep Colomer no nos habla de este problema, pero lo podemos intuir. ¿Es que el estado de conciencia metafísica será para siempre cosa de una élite visionaria? ¿O los tiempos humanos, por sí mismos, harán que el común de la población acceda a ella? No tengo la respuesta. Sea como fuere, la realidad, por ahora, es la que anuncia Pep Colomer.

El problema, nos viene a decir, es de sensibilidad, y sin esta sensibilidad lo visionario, perceptivo (¿esto se tiene o se educa?), de la presencia de lo real no se produce. Las personas se despistan con los deseos, las acciones, los miedos, las huidas, etc. Conviene desasistir, nos dice, toda forma de impulsividad.[33] Conviene tener la sensación de estar en falso, para sentir la necesidad de una actitud que nos tiene que llevar a la impecabilidad, sin la que nace todo desorden.

¿Qué quiere decir con impecabilidad? Bien, éste es un concepto que encontramos también en los libros de Carlos Castaneda, antropólogo norteamericano de origen peruano que entra en contacto con el indio mejicano Don Juan, en la década de los sesenta del siglo pasado, el cual le inicia en el dominio de sí mismo, y especialmente de la despersonalización y objetivación del yo, método que te vuelve capaz de comprender profundamente, e incluso de encarnarte en ellas, a todas y cada una de las cosas, por interiorización de los distintos seres, alcanzando un total grado de comprensión de la realidad o de las realidades, en este caso, ya que lo que vemos es apariencia no substancial. Con la ayuda de algunas sustancias extraídas del desierto mejicano, el aprendiz, Castaneda, emprende un viaje iniciático que proporciona muchas consideraciones y sutilezas del sentir del ser y de su conciencia, de la que, finalmente, se tendrá que liberar, si la entiende sólo racionalmente. Uno de los conceptos esenciales acaba siendo el estado impecable de uno mismo, el estado de conciencia no activa y no distorsionadora de la realidad, no subjetivada, que afecta de pleno al comportamiento, que se mantiene en una atención severa, rigurosa, sobre lo que es y lo que no es. Traducido, se trata de un concepto ético, que pide al ser regirse por la profundidad de la conciencia. Ignoramos si Colomer toma esta palabra de Castaneda o de cualquier otro, pero la asociación de valores en términos de Pep Colomer parece ajustada a esta definición. Así, según él, conviene estar y ser impecable, elemento imprescindible que proporciona tanto la actitud como la ascesis necesarias para obtener el merecimiento. Dicho de otro modo, la impecabilidad permite tener la actitud, que es atención y advertimiento respecto al todo (y a cada cosa como parte del todo), en relación al orden y el desorden que ofrece la realidad. Esta actitud se orienta a captar el orden real de las cosas, y a no dejarse llevar (“deriva”) hacia el desorden, lo que se realiza aceptando la ascesis: “Renunciamiento y contención, en función desinteresada al servicio de lo mejor”, desde el interés por comprenderlo todo, ya que todo está relacionado.[34] El desorden sólo aparece cuando queda desatendido el orden, y para que esto no suceda convienen la actitud y la ascesis necesarias. Si se vive de ese modo, entonces emerge el merecimiento, es decir, que nos pasa lo que nos merecemos por nuestro trabajo atento (uno puede pensar que el merecimiento también es negativo, por desatención, pero Colomer no habla de ello; sólo existe un merecimiento positivo, el resto es desorden). Y en el caso de que nos equivoquemos, que fallemos en nuestra impecabilidad, “la Realidad suele dar otra oportunidad para hacer bien las cosas”, siempre y cuando nos abstengamos de actuar por la vía subjetiva y trabajemos desde el principio con disponibilidad y honestidad, señala.[35]

Y la vía del merecimiento responde al dejar hacer. Toda búsqueda apresurada, toda obcecación, nos llevaría al error. No hace falta querer saber, sólo se requiere estar atento. Las respuestas irán llegando como merecimiento, si nos hemos objetivado impecablemente. Y afirma: “El Ser Realizado: aquél que, Consciente, se limitaría a adecuarse en estricto imperativo de Sentido y de Instancia Creativa, Religiosa (en el sentido de religar cada cosa con el Todo). Asumiendo el Orden Integral vivenciándolo quietamente; Impecable y Disponible al servicio del Supremo cumplimiento.”[36]

Puesto que la realidad no es sólo materia (ciencia) o espíritu (religión), sino materia con espíritu y espíritu materializado, y sólo la actitud real-lógica lo relaciona todo de la forma en que es, una “Unidad de Todo inescindible”.[37] Pero únicamente percibida desde el centro de uno mismo, para quien el resto es “algo sobrevenido […]. Destinado a ser considerado (aceptado, rechazado o, mejor aún, adecuado) del nivel del sentir propio”.[38] En consecuencia, y en el fondo, todo radica en nuestra capacidad de sentir, en el proceso de la propia conciencia para admitir, discernir y comprender los datos de nuestro sentir.

Esta filosofía, nos dice, tiene que ser “la que corresponda al Segundo Milenio que se acerca” (imaginamos que se refería al milenio del dos mil, que en realidad es el tercer milenio, según el calendario cristiano), en el que “todo tiende y está promovido para mantener una suprema Actividad. Que en el fondo no tiene Sentido en ningún aspecto”.[39] Fijémonos en que la “suprema Actividad” es este nuevo papel, central, de la conciencia del yo, una nueva etapa o punto de vista existencial que, a pesar de todo, paradójicamente, no tiene ningún sentido. Efectivamente, todo este trabajo del ser, la labor de ser (ética) del ser, se enmarca tan sólo en la exigencia de impecabilidad que le ha hecho ver, ha visto finalmente, a la propia conciencia. Pero el mar existencial es i será un enigma. Precisamente, el hecho de no saber, en absoluto, es el peldaño o causa primera que fundamenta o provoca la nueva actitud conciencial, ni imaginaria ni quimérica. Si “qué soy” no puede responderse, y Colomer afirma que no se puede, el único trabajo que nos queda es “qué tengo que hacer”. Si este trabajo, por merecimiento, acaba dando una respuesta a qué soy, no es algo que nos tenga que preocupar ni que tengamos que considerar como objetivo, por más que aquí y allá Pep Colomer anuncie una superación del enigma si nos mantenemos en la actitud correcta. Ésta es solamente una intuición de Colomer. Ni ve ni sabe cómo sucederá algo así. Es un querer que sea así (en el fondo, resistirse al no saber absoluto). O sea que no sabemos cómo acabará esto de la existencia, pero sí sabemos, nos dice Colomer, cuál es su causa primera: que la realidad es y sucede a cada instante, en continua transformación aparente, porque las “Condiciones y Estructura del Origen” parece que hayan vivido inalteradas.[40]Este pensamiento le conduce a un cierto pesimismo, puesto que el problema se mantiene desde siempre y “no se vislumbra factible, en ningún aspecto”, que “el Ser humano emprenda una revisión decisiva, radical, para transformar su vivir en sentido de mejora decisiva”.[41] Lo único que se puede hacer es, pues, un trabajo personal, individuo a individuo. Niega, como vemos, a los movimientos colectivos regeneracionistas, puesto que parece tener poca fe en la humanidad. Este trabajo conduce al individuo que lo lleva a cabo al aislamiento, a la incomprensión e incluso al rechazo. El individuo creativo (porque éste es un trabajo de creación personal) tiene que actuar y proseguir de forma solitaria aunque esperanzada. Porque conviene desarraigarse del espíritu instintivo. Y aunque en la ciencia y la técnica hemos avanzado bastante, no lo hemos hecho respecto al enigma de la realidad. La necesidad de encontrar un sentido al ser no se realiza.[42] Por lo tanto, colectivamente, vamos a la deriva, dentro de un proceso ilusorio, alienante. Dicho de otro modo, su visión no la sigue nadie. Y se pregunta: “En esta situación, ¿qué sentido tiene vivir juntos?” Todo es rutina, poder de unos pocos, desatención y destrucción de muchos. Confundimos la “Significidad” (el contenido real) con las condiciones contingentes que la determinan a nivel de la apariencia. Porque no advertimos la realidad “a nivel de la Presencia, en términos de Sensación” (o sea, que todo vuelve al principio, al necesario estado de conciencia metafísica, sin el que no existe proceso de renovación).[43]

A partir de este momento, el texto sigue una glosa reiterada de los conceptos tratados hasta ahora. También trata desde esta perspectiva temas genéricos y sociales, como la educación, o el arte, o el amor, o la relación entre padres e hijos, haciendo afirmaciones tan actuales como la que sigue: “Para educar a los Hijos, se tendría que empezar por educar a los Padres” en los términos de la actitud liberadora que él ha enunciado.[44] Llega a afirmar que es una suerte que la existencia, la realidad, sea un enigma, ya que si no lo fuera, y se mostrase tal como ahora se muestra, no habría norma ni sentido que la substanciase y mereciera —pero la idea no está aclarada, y de esta afirmación nos queda un sentido oscuro…. La idea es del todo contradictoria, pero está en la línea de los momentos en los que Pep Colomer, pesimista, quiere volverse optimista y esperanzado. Afirmar, sin embargo, que si la realidad que tenemos, tal como la tenemos, no fuera un enigma, entonces todavía sería más precaria, porque no nos obligaría a realizar el trabajo de la conciencia, resulta de un absurdo lógico, porque si no fuera un enigma ya no sería así, tal como es ahora, y si es así es porque resulta un enigma, y no hay manera de decir qué sería mejor o peor. Se entiende que quiere señalar el valor de este enigma, ya que nos exige la mejora esperanzada que él propone, y que sin enigma no hay necesidad de este trabajo. El único problema es que, sin enigma, no nos podemos imaginar absolutamente nada. Y éste es el enigma. La reflexión de Pep Colomer, por tanto, según creo, es en vano. Porque él declara: espera “cuando el Ser encuentre una base en el propio Merecimiento que le empuje a constatar el prodigio —excepcional— de que todo sea un Enigma, sí, pero esperanzador”.[45]

Creo que aquí Pep Colomer se desvía de su propio trabajo de impecabilidad, en el reiterado intento de hacer una síntesis enigma-superación del enigma, como si se resistiera —y se debía de resistir íntimamente— a su propia y severa visión de la realidad. Porque el hecho de que la ética dependa, en su ser ética, de una esperanza contradice, a mi entender, esa misma ética, que para ser tiene que ser y basta, como un mandato de la conciencia, sin ninguna otra trascendencia. Colomer aventura, en otro párrafo, que vendrá una fase de quietud y silencio (por contraste con el ahora) “esencialmente orientada a asumir y Comprender”. “Con lo que el Mundo —el Existir— (reduciéndose) quizás se irá extinguiendo. Hasta acabarse del todo, por lo que respecta al Hombre. Y empezará otra etapa distinta, dentro del ámbito Absoluto, infinito, imprevisible.”[46] No sabríamos cómo comentar este trabajo en clave futura que aquí lleva a cabo Pep Colomer. No queda claro si se extinguirá el ser como especie, o esta forma actual de ser del ser, que por comprensión asumida del todo pasará a otro estadio (¿uno de suprahumano?).

Cabe destacar, todavía, la idea de Salud que encontramos más adelante, en la que el “Ser se tiene que habituar a no contar más que Consigo Mismo”, ya que “las posibilidades de ordenación y recuperación genuinas, necesarias, ya se encuentran por naturaleza contenidas en el propio Organismo. Y que la cuestión no consiste en nada más que en saberse servir de ellas en la medida y en el momento adecuados”. Resulta sorprendente la identidad de posición respecto a Macedonio Fernández, el pensador de Buenos Aires muerto en 1952, que llevó a cabo esta terapéutica realmente y efectivamente toda su vida, sin tomar nunca ningún medicamento, y muriendo incluso sin diagnóstico. No sabemos hasta qué punto Pep Colomer practicaba una tal autocuración, pero la idea está clara: la Salud es un todo, interior y exterior, y proviene de uno mismo, y sólo uno mismo se puede curar.

El libro se va comprimiendo y alargando con una serie de visiones breves, como una descripción muy personal del concepto de esfericidad, de la que no nos atrevemos a determinar el sentido. Acto seguido emprende la idea de la reencarnación, en la que, dice, no hay que pensar, sino saber que, al morir, nuestro trabajo conciencial resulta ser “un factor integrante del existir que se renueva”, lo que es suficiente para “instarnos (mientras estamos) a mantenernos vigentes en la instancia creativa”.[47]

Introduce así mismo el concepto de complementación, que utilizará abundantemente en su terapéutica, por el que todo, oponiéndose, tiende, si se le deja hacer, al equilibrio por complementación. El tiempo, por otra parte, no existe, puesto que todo es sólo vivencia propia del presente. Dedica también un apartado al amor y al sexo, que tendrían que moverse a su vez en los términos indicados, lo que profundizaría la sensibilidad y la plenitud con que tendrían que ser vividos.

Acaba esta parte del texto resumiendo sus tesis e insistiendo en la esfericidad en la que todo existe, así como indicando los puntos de la esfera donde se encuentran la calidad y el espacio: conciencia (centro), manifestación (periferia), virtualidad (detrás), efectividad (delante), condición (izquierda), determinación (derecha), espíritu (arriba) y materia (abajo).[48] Y afirma: “Y es que, en rigor, no hay ninguna otra especie de Realidad que no sea Esferizada. Siendo así, la asimilación de los Elementos y aspectos en los que toda Esfera se encuentra constituida acaba siendo simplemente lo Esencial. Es decir, EL SUPREMO Conocimiento, imprescindible.”[49]

Final de esta larga, sinuosa y reiterada exposición, de la que no sabemos valorar claramente el significado de esta esfericidad situacional de elementos y aspectos, que aunque comprensible en su ubicación, no vemos necesariamente relacionada con el proceso conciencial-ético que ha ido formulando anteriormente. Y hay algo, por lo tanto, que no hemos debido entender lo bastante, puesto que él considera su asimilación como el “supremo” conocimiento…

En el apartado “La aplicación real-lógica”, siguiendo el desarrollo de su primer libro, Una terápia real-lógica, hace un análisis de la enfermedad como desorden, a la que hay que aplicar, en buena lógica, todos los conceptos precedentes, que restablecen el orden. No pretendemos, evidentemente, adentrarnos en este terreno, pero sí conviene rescatar de este capítulo algunos conceptos y afirmaciones que completan el trabajo anterior.

En la página 65 afirma que la más alta inteligencia (creativa-trascendente) radica en la comprensión y no en el conocimiento, entendido como posibilidad del saber acumulado. Esta raíz oriental de Pep Colomer (que en algunos puntos y maneras hindús lleva a la radical no-acción) se encuentra repartida por la base de todo su pensar, pero del modo en el que Jung señalaba que hay que aceptar al orientalismo, como un conocimiento real pero que necesariamente tenemos que valorar y emplear desde la otra raíz, la de nuestro conocimiento occidental, más racional, activo y científico. Creo que en este caso se cumple el mandato de Jung. No existe ninguna terminología fácil en Pep Colomer, prestada del taoísmo, que parece que es el lugar más común de su aprendizaje oriental. Todo resulta, en Colomer, de una apropiación y búsqueda personales, y también, por tanto, de una definición propia. Es evidente, para aquellos que se quieran poner severos, que las analogías y similitudes en este campo, es decir, el metafísico, pueden ser y acostumbran a ser muchas. Ya dijo Paul Valéry que “la gente que ’piensa’ son seres que se mueven, con los ojos vendados, dentro de este pequeño salón de la Mente humana —y en este juego de la gallina ciega metafísico, chocamos unos con otros—, y se empujan simplemente porque se mueven, y porque el espacio es muy reducido. Es un espacio de una docena de palabras”.[50] Me parece que la cita de Valéry es bastante elocuente de lo que quiero decir. En este juego de la gallina ciega, Pep Colomer apuesta de modo muy personal. Que aquí y allá coincida con tal o cual corriente espiritualista o autor de perfil más o menos metafísico parece evidente que ni es casual ni es posible evitarlo. En este campo, y siguiendo el símil valériano, lo que importa es dónde pones las palabras y en qué dirección apuntas, y, sobre todo, cómo defines el perímetro de esta habitación. Del mismo modo que se afirma que toda la filosofía es una nota a pie de página a Platón (hasta ayer, porque hoy incluso el propio Pep Colomer le pule el idealismo, por más que esté tentado por él…), el espiritualismo vagamente metafísico (la metafísica no resulta algo serio hasta que la dice Macedonio Fernández en 1929 en No toda es vigila la de los ojos abiertos) es una corriente oriental desde siempre, y el propio cristianismo viene de las corrientes orientales, todas impregnadas de pathos místico. Por lo tanto, el debate acerca de las influencias de Colomer es estéril. Él formula una tesis propia, y la define. Éste es su valor. Lo que interesa es verificar la buena apropiación y uso de la tradición, y con estas herramientas, ver qué tipo de creación se ha llevado a cabo. Ya que creo que se puede decir, con todas las carencias inherentes a la época, lugar de vida y formación personales, que el trabajo de Pep Colomer es una aportación clara (por la definición y sistematización) a una corriente general metafisicista occidental que arranca ya en el romanticismo, especialmente el alemán, cuyo fracaso alimenta al nihilismo, que ya será la corriente general a partir de la mitad del xix y todo el siglo xx, de la metafísica occidental, antes teológica, y ahora asomada a la nada. Muchas veces se han alzado durante todo este período, todas con la necesidad de rendir cuentas, de ver claro o, como dice Pep Colomer, de saber a qué atenerse. Como indicó Charles Péguy, tengo que ver lo que veo. Estamos en esta labor: mira lo que se ve, no interpretes, aparta el velo de lo imaginario, siéntate al lado de ti mismo, y mira bien, no con inocencia (imposible), sino con corrección, con objetividad, que diría Machado, y ve lo que ves, no otra cosa, que es lo que hay. En consecuencia, para Colomer la inteligencia no es un saber acumulado, sino un comprender el fenómeno.

En la página 67 nos explica el proceso necesario de soledad personal para poder alcanzar esta comprensión. La capacidad de liberarse del desequilibrio o del desorden a través de la ascesis personal (“constatando las Tensiones de la Periferia desde el Centro”) “parece que es el Destino, la lucha, y también el Drama, que cada uno —yo mismo— habrá elegido. El de la inevitable, progresiva, soledad Personal. Mucho más necesaria, intensa, radical, cuanto —paradójicamente— de forma cada vez más abierta, comunicativa, disponible, se produzca”. Fijémonos en la paradoja que indica al final: la soledad aumenta a medida que aumenta la disponibilidad, ya que aumenta el comprender, y el comprender lleva a la soledad, que permite una gran disponibilidad… Se trata de un camino de mística personal, que resulta imprescindible para poder alcanzar con conocimiento real la realidad propia y la de los demás, exterior. Es decir, que el viaje hacia el interior de uno mismo es lo que al fin y al cabo nos permite liberarnos del exterior, no depender de él, y es este mismo no depender de él lo que nos permite estar abiertos y disponibles a ese exterior. Colomer no ignora, sin embargo, la resistencia de cada persona a hacer este trabajo difícil de renunciarse aparentemente para poder encontrarse ampliamente. El mundo de los humanos está volcado en la apariencia exterior, y hoy por hoy, de forma intensa y casi sin remedio. La voz de Colomer, como la de otros, es una isla, el mensaje dentro de una botella.

En la página 70, en una de sus numerosas personalizaciones, dice: “I así estoy, produciéndome en un mundo interior de vivencia ilusionada y prodigio permanente. Exaltante y doloroso a un tiempo; por causa del milagro que se produce a cada instante, trascendiéndose y revelándose en la Presencia fabulosa de la vida y de las cosas, asumiéndolas, contemplándolas; simplemente dejándolas ser.” El resumen de su estar en el mundo es claro y limpio. Conviene entender, también, dónde se sitúa Colomer: ante la continua sorpresa de ser en la realidad toda sentida y contemplada, lo que Macedonio Fernández llama “la Siesta evidencial”, o la hora del mediodía, de Todo ante los ojos, la plena evidencia del transcurrir de la realidad, lo que Pep Colomer llama Presencia, sin nada oculto, todo a la vista, con el Misterio (Fernández) Enigma (Colomer) envolviéndolo absolutamente todo, de forma impenetrable. Porque esto es lo que es: lo que hay. Aquí es donde estamos haciendo metafísica descriptiva, no imaginativa, la metafísica de lo que hay. Colomer es, por lo tanto, riguroso. No inventa, no proyecta. Solamente siente, y este sentir (pues no es ninguna lógica, es una visión) es júbilo y dolor al mismo tiempo, sentido y paradoja, real e irreal, verdadero y falso, bueno y malo, etc. Pues ha comprendido en un solo acto la profunda paradoja metafísica del ser en la existencia (puesto que la existencia no se puede pensar nunca si no es a través del ser, y aun, de cada ser individual), que, siendo, no sabe que es ni sabe qué es. Pero una vez se ha comprendido completamente dentro de uno mismo esta visión, entonces ya no estamos nunca solos, porque la Presencia es continua: “Nuestra Soledad deja de estar aislada. En tanto que de repente se reencuentra conectada a la Presencia Total.” De forma metafórica indica que “todo ser determinado se constituye como una isla dentro del mar de lo existente”.[51] Así que conviene, absolutamente, que cada ser (yo, individuo) haga la aceptación de la realidad tal como es, pues dependerá del grado en el que cada ser se sienta más integrado o más separado de lo existente el paralelo grado de neurosis existencial, y, por lo tanto, de desorden y de enfermedad. La distancia entre nuestra visión-sensación de la realidad y la realidad será la medida de nuestra salud y/o nuestra enfermedad. Luego el sabio, añado, no está nunca enfermo, aunque pueda, perfectamente, estar perplejo, y triste y contento a la vez.

Finalmente, en la página 76 hace varias consideraciones sobre el amor, de las que cabe destacar la idea de que, en este campo, la autoexigencia “nos llevaría a hacer también del Amor una Obra de Arte”, desde la conciencia de la diferencia como complementación. Aquí Colomer creo que arriesga mucho, primero porque esto del amor implica al otro, que puede existir o no, o existir encima de otro que no es aquél al que hacemos existir. Y si nos referimos al amor de pareja, con los roles masculino-femenino, convendría advertir de que todo lo que dice Colomer es una mística masculina, desde lo masculino. La situación metafísica de lo femenino no está a menudo muy interesada en este tipo de visiones, está mucho más arraigada a la tierra y en la práctica de la supervivencia. Quizás como ideal futuro, en una futura humanidad de seres emancipados de muchos atavismos, podría alguien pensar en la complementariedad como forma de amor, aunque eso mismo es lo que quiere decir Machado con su Cristo cordial, y con su fraternidad. Pero evidentemente, aquí, nos referimos mucho más a una humanidad infecunda que procreativa. En términos de realidad biológica, hay que ser, creo, más prudente. De todos modos, la flecha de la complementariedad en la diferencia que lanza Pep Colomer está lanzada, y tanto lo masculino como lo femenino, dados los cambios actuales, necesitan hallar formas personales y éticas para llevar a cabo su vida interior y exterior. Y éste es, de largo, uno de los más importantes trabajos sociales que quedan por hacer en esta época histórica.

En el último apartado, “La normativa terapéutica”, antes de “La Grafoterapia”, es donde encontramos la formulación, a mi modo de ver, más iluminadora de Pep Colomer, a pesar de hallarnos ya en el capítulo dedicado a la terapéutica. Así que, en la página 90 afirma: “Puesto que es la Realidad lo prioritario, no el Hombre.”

Ya Machado había afirmado que la realidad, en un mundo de imaginaciones, es revolucionaria. Efectivamente, el cambio de paradigma es éste (y el racionalismo y la ciencia tienen mucho que ver): si antes fue Mithos, luego Theos y después fueron el Hombre y la Razón, ahora lo metafísico es lo Real. No pretendamos ahora aquí plantear una tesis que no toca, pero se nos ocurre que Colomer, suponemos que involuntariamente, encontró la formulación exacta del cambio de paradigma que conlleva su (y de otros contemporáneos suyos) pensar. Si hiciéramos un esquema aproximado de las distintas fases culturales concienciales de la estirpe humana, no nos equivocaríamos mucho si dijéramos que en el origen lo importante fueron los dioses, puesto que la realidad era divina, y el ser criatura, arrojada a ser. Después fue Dios, lo importante, y el ser, criatura suya, en una realidad suya. Más tarde fue el Hombre, lo importante, en una realidad divina, pero cada vez más gobernada por el hombre, hasta que Dios desaparece, y en el lugar de Dios no se pone nada. Entonces es cuando el hombre se encuentra con la realidad absoluta, y él, que pensaba ser decisivo, no es más que un fenómeno de la realidad, que ni siquiera puede juzgar más allá del propio yo de cada ser. Sólo sabe que existe en lo existente. Luego, se ha producido una inversión ontológica, puesto que el referente metafísico cada vez se sitúa en un lugar distinto, y si ahora ocurre que es la realidad lo prioritario, es porque los anteriores referentes se han revelado metafísicamente inanes, irrelevantes, y lo que queda, desnuda y cruda, es la realidad, su presencia constante. Una realidad esférica, porque nos rodea por todas partes (ya se ha acabado el arriba/cielo, el abajo/tierra o infierno), todo es uno ante la vista (tantos años buscando el uno, y resulta que estaba ante los ojos, como dice Machado), y si nosotros somos, todo es, y si no somos, nada es. Descriptiva pura. Cualquier otra afirmación, ya lo indicó Macedonio Fernández, es imaginación pura, una superfluidad.

Podemos creer que en este punto Pep Colomer acierta, y en esta inversión, en el hecho, mejor dicho, de ser capaz de verla y decirla, radica el alto valor de su testimonio. Porque lo que hemos dicho no es aún, ni mucho menos, una visión general y popular. Muchísima gente la negaría. Muchísima gente, empero, que la vive perfectamente sin darse cuenta.

Si retrocedemos un poco en el texto, hasta la página 80, encontraremos la explicación que da Colomer de que esto haya sucedido. Según él, desde la primera Gran Guerra

 

la especie humana se ha ido hundiendo en la pendiente de una profunda Crisis de Insatisfacción Vital, generalmente insospechada. Mayormente por el hecho de producirse camuflada, inadvertida, tras la espectacular transformación que con el advenimiento súbito de las Ciencias y las Técnicas ha impuesto un cambio espectacular sobre una forma de vivir inalterada desde siempre; aquélla que se sustentaba en un cierto conformismo resignado con limitaciones en todos los niveles.

 

Es decir, el nuevo registro del progreso oculta, inadvertido, dice, un problema, en dos direcciones, la exaltación activa del ser, que se cree capaz de todo, y al contrario, la depresión que provoca la insatisfacción a la que conduce la comprobación de que tal falta de límites es mentira, porque el límite, clarísimo, es lo que hay, puesto que no hay nadas más que lo que hay (expresión metafísica catalanísima, que probablemente Josep Pla habría suscrito totalmente). Ya Pessoa, por boca de Álvaro de Campos, explica en su Ultimátum, del mismo modo que Colomer, que los estímulos de la sensibilidad que recibe el individuo moderno son superiores a su capacidad y ritmo de adaptación, por lo que estamos humanamente abrumados.[52] Industrialización, consumismo, inestabilidad psíquica, enfermedad, dice Pep Colomer. De ahí la necesidad de la terapéutica real-lógica, que nos devuelva al límite de nosotros mismos y no nos deje, a través de la actitud y de la ascesis, quimerizarnos, puesto que nos obliga a una creciente objetividad.

Repite, después, todo lo que ha señalado acerca de la terapéutica en su primer libro, insistiendo en la falsa existencia del Inconsciente, que en realidad es “pura y simple Realidad Inadvertida”. El texto se extiende en valoraciones esquemáticas de la aplicación real-lógica, que acaba con una afirmación final: “Entendiendo que, en términos de Plenitud, lo más simple —necesariamente— tiene que ser lo más Difícil. Pero también, así mismo, lo más Trascendente.”

Esta afirmación resulta completamente paralela a lo indicado por Rainer Maria Rilke al final de sus Cuadernos de Malte, y en general a lo largo de toda su obra poética: hay que mantenerse en la máxima simplicidad abierta, o sea, en lo más difícil, en la dificultad, puesto que sólo en esta paradoja se encuentra la trascendencia para el ser. Y sin esperar nunca nada, ninguna añadidura, ningún premio por el trabajo de contemplar desde el propio yo, el Centro, dice Colomer, pendiente de las vivencias que jamás dejan de producirse si nos mantenemos Impecables, como no sea el propio estado ético del ser. Probablemente Colomer estaría de acuerdo si le añadimos la tesis de Don Juan: para ser libre, máximamente libre ante el Misterio.

Diez páginas más completan el libro, después del apartado dedicado a la Grafoterapia, que no comentaremos. Diez páginas, no sólo a modo de resumen, sino que todavía añaden algunas ideas. La primera, que la ciencia no es lo prioritario, aun siendo necesaria, puesto que sus aplicaciones no pueden suplantar a la comprensión, que es la que tiene que establecer la ciencia, y no al revés. La segunda “que el Vivir no se va, a pesar de no saber a dónde lleva”. Por lo tanto, “es esto lo que al Hombre […] le convendría entender; meramente la Posibilidad (la Opción de Ser) de qué dispone con la Existencia para transformarse en Espíritu”. Esta parte, que es la de la conexión de todo con el todo, es, dice, la que olvida la ciencia, y sólo desde esta actitud es “cómo el enigma […] puede ser abordado, sin pretender cambiar su planteamiento, iniciándose en la Nada para asumir lo Total”.[53] Aquí Colomer se sitúa plenamente en la ontología, puesto que cree que, sin este planteamiento inicial correcto, todo deriva en error. Y le parece claro que vivimos, como dice Émile Cioran, en el error, lo que (y aquí viene la tercera idea) “nos lleva a sospechar —me resulta evidente— que la Existencia que vivenciamos exige ser revisada”. Se tienen que revisar la sociedad, la familia y la persona, empezando por ésta, ya que es la base, del modo ético que hemos explicado hasta ahora. Una vez la persona esté en la actitud correcta, entonces convendrá “Invalidar […] la unidad Matrimonial y la procreación de los hijos como misión destacada; socialmente indispensable”. La relación entre los sexos tendría que ser seria, amplia, libre y responsable, y la creación de los hijos sería un “resultado natural”, regulado per el propio proceso de conciencia del individuo, que sólo procrearía a seres que pudieran gozar de libertad creativa responsable, con lo que el cuerpo social dejaría de estar enfermo y lleno de seres no deseados o hechos intempestivamente, y desaparecería la competitividad, favoreciendo que el existir fuera una vocación “en tanto que extrema Opción de Ser”.[54]

No hace falta comentar el extremo idealismo de esta visión social a través de la libre creación natural de los hijos regulada por la propia responsabilidad de los individuos. Lo que esto supone, y Pep Colomer no lo dice, es la superación del estado animal instintivo de las personas, que es normalmente muy superior a su cantidad de educación artificial, racional y científica. Supone la conquista de un estado de humano consciente. No es que se tenga que renunciar a él como objetivo, pero Colomer sabía muy bien dónde estamos, es decir, cuán lejos estamos. Otra idea, que encontramos en la página 127, dice que la “Comprensión de la Creatividad (lejos de ser atributo de una irrisoria minoría ’elitista’) tendría que situarse en un nivel de aplicación generalizada”. Tampoco es que tengamos que renunciar a este objetivo, pero hay que temer que algo así, sólo por lo que supone de ataque al poder político o económico la posibilidad de una sociedad de individuos libres, creativos y comprensivos, tiene que ir para largo. Más bien hay que pensar que estos objetivos que declara Pep Colomer, en el caso de ser, serán por decantación absoluta del propio existir, del mismo modo que hace unos cuantos siglos habría parecido utópica una sociedad laica y nihilista como la nuestra; igualmente ahora nos puede parecer utópica una sociedad existencialmente comprensiva. El tiempo, como el agua cuando es retenida en exceso, acaba reventando “por do no hay salida”, como decía el poeta castellano Garcilaso de los espíritus del amor retenidos dentro del cuerpo. Así mismo, en el embrollo de la existencia, todo es tiempo, y jamás nada es igual a sí mismo. Se puede pensar, por tanto, en una sociedad comprensiva; también se puede pensar al revés, y en su límite, aniquilada. En cualquier caso, Colomer nos da la idea y el camino, y, hoy por hoy, ya es mucho tener una idea y un camino.

“De lo que se trata es de Sentir (cooperando) guiado por la Intuición. El resto vendrá solo.”[55] Y así justificamos la propia vida y sobrepasamos todas las limitaciones; accederemos a nuevos niveles de Realidad “adentrándonos en la Pura Realidad de la Presencia”. Nos hemos autoasignado “una importancia indemostrable; excesiva a todos los niveles”, apartándonos de la realidad objetiva. “Hay que evitar confundir la Realidad con los fenómenos que comporta. Los de la Vida, por ejemplo. A todos los niveles.”[56]

 

En definitiva, no hay otro camino para iniciarse en la Sabiduría y asumir la Comprensión que el que imponga Empezar por el Puro Comienzo. Aquel estado en el que nada aún se encuentra determinado; y sólo a partir de él —por conexiones sucesivas— va integrándose en “Lo Real […]. Es ésta la Base decisiva, suficiente […]. Con la que se conseguiría una espectacular simplificación y eficiencia generalizada que comportaría de modo natural el “Orden” estricto, responsable a todos los niveles. Y la Vida —Personal o Colectiva—, obligatoriamente, se tendría que mostrar Creativa y Diversa en todos los aspectos.[57]

 

La fecha del 30 de diciembre de 1990 cierra el texto.

 

Evaluación y comentario del texto

de Pep Colomer

 

Pep Colomer, como Pessoa, es un sentidor. Pertenece, por experiencia y búsqueda propias, a la lista relativamente corta de artistas metafísicos que ha dado el siglo xx, como característica particular de este siglo en su angustiada búsqueda de la identidad perdida, quiero decir, perdida durante el siglo xix. Ha sido precisamente la notoria falta de perspectiva metafísica la que ha encauzado esta titánica búsqueda de la modernidad, huérfana de casi todo menos de sí misma, que es la existencia pura y dura. Hombres y mujeres, artistas, pensadores, que han huido como la peste de la apariencia que les caía encima (para sustituir a la vieja apariencia caída) y del cientifismo (no de la ciencia) totalizador, ya sea en su rama racionalista, ya sea en la intuicionista. Es gente que no se ha creído nada, y ha querido pensar por sí misma; gente que ha hecho un viaje interior/exterior para cavar hondo, como se ha dicho de Pep Colomer, o sea, para encontrar, en la experiencia que resulta que es la vida, algo esencial, limpio, claro, definitivo, aunque ello supusiera que lo claro, limpio y definitivo fuera nada, un límite insuperable. Ni qué decir cabe que el fracaso como ontólogos se ha producido en todos ellos, pero este fracaso, en modo alguno no previsto (quien en metafísica no prevé el fracaso puede acabar haciendo de Profeta de no se sabe qué invento, que es la antítesis del metafísico riguroso), les ha acercado a unas cuantas visiones (no ideas, conceptos o postulados lógicos, ni mucho menos sistemas racionales o ecuaciones científicas) comunes, buena parte de las cuales Pep Colomer describe en su breve ensayo existencial, a saber:

1. PRESENTE: Todo es presente, en el tiempo, y presente, ante ti. Y eso es todo lo que hay.

2. EL YO: la realidad exterior existe sólo como realidad sensible del yo del individuo, de cada individuo únicamente para él, y la percepción del yo es única y total, absoluta. Y eso es todo lo que hay (no existe causa exterior o ente o sustancia objetiva ni identidad, por más que aparencialmente nos lo pueda parecer. Si yo no soy, no hay nada. De qué modo eso se produzca, incluida la propia fecundación causal del yo por otros yoes, no es un misterio bioquímico, pero sí un misterio metafísico. ¿Por qué así y no de otro modo?). Conviene, por tanto, dejar hacer y dejar ser, dice Colomer.

3. EL MISTERIO: la realidad desde el yo es impenetrable. Un enigma, dice Colomer. Ni el mito ni la ciencia pueden resolver la ontología. Literalmente, no sabemos nada. Ni sabremos. Y todos los problemas serios de la realidad son problemas metafísicos, luego irresolubles.

4. ETHOS: el individuo, en la más absoluta soledad cósmica (o intemperie, según entiendo yo), sólo se tiene a sí mismo, y sólo tiene un trabajo que hacer en sí mismo: el ethos, principio de conducta que tiene que dar orden y sentido, por sí mismo, a su vivir. Pep Colomer lo llama la impecabilidad. O sea, no mentirse nunca, ni mentir nunca sobre lo que es. En términos de Don Juan, hacer todo lo que tengas que hacer, y todavía un poco más.

5. SOLEDAD: conviene asumir necesariamente esta soledad. No mejoraremos como individuos ni, por tanto, como sociedad, en nada, si no tomamos esta conciencia metafísica, si no entramos en estado de conciencia metafísica, autoconsciente y responsable. Las grandes ideas colectivas, míticas o sociales, ya no sirven. Lo importante es el individuo, la conciencia del individuo. Pero de un individuo atento no a sí mismo, subjetivamente, sino atento a lo que ve, a ver lo que ve, objetivamente, y no otra cosa imaginada o deseada. La soledad tiene que ser ética.

6. LA SALUT: la salud es un estado de equilibrio del yo autoconsciente, y no una cuestión de fármacos. La salud es un estado total del individuo, y la enfermedad, física y psíquica, nace del desequilibrio personal, del error ilusorio en el exterior. La curación pasa sobre todo por uno mismo.

7. LA CONCIENCIA: la única herramienta del individuo para no ser un animal es su conciencia. Tanto da que no sepamos el dónde, el cómo ni el cuándo, ni el quién ni el por qué (lo que somos nosotros y todo lo existente). La conciencia es, y es nuestro deber hacerla trabajar, amplificándola hasta donde podamos.

8. MÍSTICA: la conciencia, para poder trabajar bien, tiene que alcanzar el estado de conciencia metafísica, y este estado resulta que tiene una base de visión mística, en la que el yo, ante la realidad presencial, se da cuenta de su absoluto y del absoluto de lo que le rodea, y, en consecuencia, deja de imaginar y se dedica a comprender lo que es y lo que hay, como dice Pep Colomer. Mística laica existencial no trascendente. Nada que ver con la mística religiosa.

9. NADA VIENE DADO: contra la vieja creencia de una creación ex-nihilo, o la nueva de un inicio de energía en explosión, el mundo, la existencia y el ser no son algo dado, que aparece y desaparece al ritmo que lo hace cada individuo, y resulta, a lo último, inaprehensible e ininteligible. Es mientras lo sentimos, y no es si no lo sentimos.

10. EL TODO Y LAS PARTES: todo lo que el ser percibe como yo, que es todo, lo percibe al mismo tiempo como contradictorio y como complementario, como relacionado y como independiente, como causal y como aparecido. Es labor del espíritu del ser (la voluntad superior de la conciencia, su deseo de anhelo superior a la materia) alcanzar la comprensión de la complementariedad de todo con Todo. Labor infinita, si se quiere, pero labor ética.

Podríamos aún, ciertamente, ampliar estos diez puntos, pero en esencia quedan formulados en el ensayo de Pep Colomer, y son reconocibles en la mayor parte de autores de la metafísica moderna. Y aunque algunos de estos puntos coinciden con los más antiguos mandatos de la sabiduría oriental, la perspectiva desde donde se ha llegado a ellos, y desde donde llega Pep Colomer, es occidental, es decir, a partir del racionalismo y la dialéctica griegos, y a raíz de la caída de la teología en Occidente. Por otra parte, Oriente renuncia a la vida real y práctica, mientras que el mandato de la conciencia metafísica es, al contrario, un mandato de ahora y aquí, real y presente, material (no materialista, empero). La ética no es un sueño de unidad mística, ni una paciencia budista, sino una exigencia del hacer del ser en cada momento en su hacer real. Y la visión mística no es una visión unitiva y unitaria con el todo, religiosa, para fundirse con ella, sino una visión negativa, nihilista, de la imposible unión del yo consciente con el todo, cuestión de la que surge el mandato ético. No toca ahora establecer una diferenciación Oriente-Occidente, pero conviene señalarlo, ni que sea de paso, para no dar alas a lo falsos místicos occidentales, en relación con lo que aquí se está diciendo, ni tampoco a los que han caído en los excesos del racionalismo, no fueran a tildar la obra de Colomer de puro orientalismo religioso.

Conviene advertir, sin embargo, que Pep Colomer no cae ni en el nihilismo general de Occidente, ni en el pesimismo ontológico, ni en el absurdo. El suyo resulta un pensar-sentir esperanzado, si bien lo cree difícilmente comunicable, y totalmente individual. Pero son varias las veces que asevera que del trabajo de la conciencia, de la impecabilidad, tiene que resultar una mejora en el ser, no sólo en el concreto, sino en la especie, y, por tanto, con derivaciones sociales, familiares, sexuales, amorosas… Sean cuales sean, empero, sus referencias filosóficas, que ya hemos apuntado brevemente al principio, el trabajo de Pep Colomer resulta personal y creativo. No tiene una metafísica, ya que no se puede tener, y eso lo ve, y lo dice; en cambio, tiene un método existencial basado en el fracaso de la metafísica (el Enigma es) de cariz ético y de base mística, con el que, sin embargo, espera poder superar a la metafísica (es esperanzado, a pesar de la evidencia).

Y eso es todo lo que se puede hacer, nos dice.[58]

Que es mucho, muchísimo. Conviene añadir, de todos modos, que resulta contradictoria su visión insuperable del absoluto, y el sentido que dice surgirá de la actitud individual correcta. Hemos venido a hacer algo, señala, pero al mismo tiempo “el estricto hecho de Ser será para siempre —por sí mismo— ya un prodigio inexpresable”. Hay que pensar que Colomer no es un nihilista, sino un místico vitalista, confiado y precursor, visionario, y es por eso que parte de su mensaje lo dedica a intentar abrir una puerta al absoluto. Y esta puerta es la ética, la de la ética. Y para encontrar la puerta hay que seguir una ecuación (puesto que todo, nos dice, si bien se mira, está “ecuacionado” —“complementariado”, podríamos decir— según un término que saca probablemente de las lecturas del conde de Keyserling, pero que también revela un alma científica y racional en Pep Colomer), una ecuación en tres fases:

 

(a) Si no hay Nada, es que está Todo (y al revés) =
Puro Inicio. Todo es Presencia que hay que dejar hacer.

(b) La existencia se tiene que contemplar en cuatro niveles complementarios:

1. Unicidad (lo inmanente es Uno absoluto) = Realidad.

2. Dualidad (del ser consciente) = Ser.

3. Trilogía (la acción que permiten 1 y 2) = Ser.

4. Cuadratura (Presencia trascendente) = de la Nada / del Todo.

Que se pueden leer al revés: de la nada emerge la acción que crea al ser que es realidad. O bien del derecho: la realidad hace sentir al ser su ser acción entre la nada y el todo.

(c) La ética, “la Actitud Normativa-disponible” (religiosa), que supone:

Lo Simple = Lo Impecable = Lo Objetivo =
Lo Merecido.

Así que, si nos situamos en el puro inicio, y conocemos la cuadratura de la realidad, y aplicamos la actitud correcta, nos vendrá dado, sin hacer nada que no sea lo que hemos hecho hasta ahora, el sentido, y quizás la resolución o superación del enigma.

 

Finalmente pide al lector que no se lo tome nunca como un juego, porque se trata “de llevar a cabo una rigurosa revisión del sentido de la propia existencia en términos de objetividad”. [59]

Y eso es todo lo que hay. Que es bastante, y es mucho, y si bien se mira es demasiado. Pero ha sido así para Pep Colomer, real, necesario, oportuno. No sabemos si Pep Colomer fue pintor. Pero que intentó hacer ontología y ética resulta claro, evidente y valiente. De lo que él nos dice, que cada uno saque o ponga. Un sistema general de su Real-lógica, su Terapéutica, sus diez Condiciones para la pintura y la forma, su Grafología y Caracterología no ha sido afrontado aún, y es labor para quien la quiera asumir. De momento, su ontología-ética real y lógica queda, esperamos, explicada para el futuro y los futuros. Y de hecho es lo esencial y actual que Pep Colomer, finalmente, legó. Y como dijo Antonio Machado, metafísico: “Quien quiera escuchar, que escuche, y quien quiera entender, que entienda.”


 



[1] Ernst Wiechert, La vida sencilla (Barcelona: Plaza & Janés, 1976), 285.

 

[2] Pep Colomer, La comprensió real-lògica: una filosofia pel dos mil (Girona: [el autor] 1991), 90. En las citas de textos de Pep Colomer hemos respetado el vocabulario y la sintaxis de los originales.

 

[3] Colomer, Una filosofia, 3.

 

[4] Francesc Carbonell, “Recull de textos filosòfics d’en Pep Colomer”, en Pep Colomer (1907-1994), Enric Ansesa et al. (Girona: Museu d’Art, 1996), 39.

 

[5] Colomer, Una terápia real-lógica: deducible de los mensajes de los sueños y del sentido de la escritura personal (Girona: [el autor] 1982).

 

[6] Ib., 34.

 

[7] Ib., 37-39.

 

[8] Es éste un tema profuso, que aquí no podemos abarcar. Desde el sueño común, pasando por el sueño visionario, o el sueño terapéutico, la vida como sueño, o la vida como un estado de sueño sobre otra vida igual de viva en estado de sueño, tenemos una referencialidad histórica complejísima. Colomer, como todos los metafísicos, quiere ubicar a los sueños en el espacio de un sentido mayor. Probablemente, en este tema, el trabajo más profundo, desde el punto de vista existencial, es el que relata Castaneda, a partir de las experiencias con Don Juan. Colomer tuvo conocimiento, como mínimo, de tres de los cuatro principales libros de Castaneda: Viaje a Ixtlan. Las lecciones de Don Juan (Buenos Aires: FCE, 1975); Relatos de Poder (Buenos Aires: FCE, 1976), y Les enseignements d’un sorcier yaqui (Paris: Gallimard, 1971). Véase también Macedonio Fernández, No toda es vigilia la de los ojos abiertos (Buenos Aires: Corregidor, 1928).

 

[9] Colomer, Una terápia, 53.

 

[10] Ib., 83.

 

[11] Enric Ansesa, “Aproximació a Pep Colomer; l’home i l’obra”, en Pep Colomer (pintura), (Girona: Ajuntament, 1991), 6.

 

[12] Arnau Puig, “Un apropament a Pep Colomer”, en Pep Colomer (1907-1994), 9.

 

[13] Francesc Miralles, “Josep Colomer, des de la discreció”, en Pep Colomer (1907-1994), 15.

 

[14] Ansesa, “Josep Colomer després de l’eclipse”, en Pep Colomer (1907-1994), 17.

 

[15] Joaquim Jubert, “Pep Colomer: penúltima etapa (1980-1994)”, en Pep Colomer (1907-1994), 27.

 

[16] Colomer ha captado plenamente la crisis del idealismo y del racionalismo dialéctico, que ha matado a la filosofía, tal como Platón la instituyó. En este sentido, Colomer es absolutamente moderno.

 

[17] Un sentido precario, personal y puramente ético (es decir, relacional respecto al comportamiento, uno mismo y los otros); que nadie busque el Sentido que, por ejemplo, prometen las religiones u otros buscadores de Absoluto Trascendente.

 

[18] El orden esférico es natural en todas las formulaciones existenciales opuestas al orden direccional o de movimiento, que es el que tenemos en la idea de progreso y de tiempo. De hecho, la actual globalización supone el cambio hacia un orden esférico, donde todo se relaciona con todo.

 

[19]  Aquí se presenta un problema epistemológico grave, que también se plantea Macedonio Fernández, a saber, que si todo lo que es no es más que lo que yo siento, ¿qué diferencia hay entre objetividad y subjetividad? ¿Cómo puede ser que exista la percepción de “qué es”, objetiva, no quimérica, si “qué es” sólo lo veo “yo”? Puede que la respuesta radique en el imaginario, aquella facultad del ser que le lleva más allá de qué es. Y sin embargo, sin imaginario, no podríamos “ver” muchas cosas. La paradoja es irreductible.

 

[20] Colomer, Una filosofia, 14.

 

[21] Ib., 17.

 

[22] Ib.

 

[23] Ib.

 

[24] Ib., 17-18.

 

[25] Ib., 18.

 

[26] Ib.

 

[27] Ib.

 

[28] Ib., 19.

 

[29] Ib., 20.

 

[30] Ib.

 

[31] Ib., tercer párrafo de la pág. 21.

 

[32] Ib., 22.

 

[33] Ib., 23.

 

[34] Ib.

 

[35] Ib., 26.

 

[36] Ib., 27.

 

[37] Ib., 28.

 

[38] Ib., 29.

 

[39] Ib., 30.

 

[40] Sobre el presente y el origen, existe la gran obra, muy poco conocida, de Jean Gebser, de los años cuarenta del siglo xx, titulada precisamente Origen y Presente (Vilaür: Atalanta, 2011), que reflexiona acerca de los cambios de la conciencia, desde la era mágica, pasando por la mítica, la racional y la presente, o conciencial, donde se afirma que todo lo esencial ya se encuentra en el origen. Ignoramos si Pep Colomer pudo tener noticia de las ideas de Gebser, ni que fuera por otros autores.

 

[41] Colomer, Una filosofia, 32.

 

[42] Ib., 33.

 

[43] Ib., 35.

 

[44] Ib., 40.

 

[45] Ib., 41.

 

[46] Ib., 42.

 

[47] Ib., 48.

 

[48] Es curioso el parecido de este esquema de Colomer con el dibujo que Don Juan ofrece a Carlos Castaneda acerca de las cualidades del ser, que incluye también una localización, en este caso en el cuerpo. Véase Castaneda, Relatos de poder, 130-131.

 

[49] Colomer, Una filosofia, 55.

 

[50] Paul Valéry, Cahiers (Paris: Gallimard, 2007), 84. Traducción del autor.

 

[51] Colomer, Una filosofia, 72-73.

 

[52] Fernando Pessoa [Álvaro de Campos, pseud.], “Ultimátum”, Revista Portugal Futurista, 1917.

 

[53] Colomer, Una filosofia, 122-23.

 

[54] Ib., 124-25.

 

[55] Ib., 128.

 

[56] Ib., 129.

 

[57] Ib., 130.

 

[58] Ib., 20.

 

[59] Colomer, manuscrito mecanografiado, Fondo Colomer.