PEP COLOMER, DECORADOR E ILUSTRADOR

M. Lluïsa Faxedas

 

A pesar de que la figura de Pep Colomer ha sido conocida y reconocida sobre todo a partir de su actividad como pintor, el caso es que su principal ocupación profesional fue la de decorador de interiores, trabajo que desarrolló primero en equipo junto a su amigo, el también pintor Francesc Gallostra, durante los años treinta, y después en solitario, durante el período posterior a la Guerra Civil. Esta faceta de su obra, aunque conocida, no había sido específicamente estudiada hasta ahora. Este texto pretende ser, pues, una primera aproximación al tema, en el que intentaremos recoger las informaciones que se han podido obtener al respecto, además de esbozar un cierto recorrido estético de la producción del artista en este campo. Así mismo, también hablaremos del Colomer ilustrador y diseñador, una actividad en cuya vertiente más comercial trabajó antes de la guerra a través de su estudio de decoración, complementándola con una dedicación más personal a la ilustración política.

El interés de Colomer por el mundo de la decoración no se tiene que ver sólo como resultado de la necesidad, muy legítima por otra parte, de dar salidas económicamente rentables a una vocación artística que, en su juventud igual que ahora, no ofrecía demasiadas perspectivas profesionales, y menos para quien decidía establecerse y trabajar en una ciudad como Girona. Tal como evidencia su recorrido formativo, el interés por las artes decorativas surgió en un momento muy temprano de su trayectoria.[1] La decisión de ampliar estudios en la capital belga en concreto demuestra un interés muy claro por el mundo de las artes decorativas, ya que Bruselas había sido desde finales del s. xix una de las ciudades europeas de referencia en este ámbito, si no la más importante, sobre todo por su vinculación con el estilo que conocemos como Art Nouveau, del que fueron figuras destacadas los arquitectos Victor Horta, que fue director de la Academia Real a la que asistió Colomer; Henry van de Velde, teórico de la arquitectura y las artes decorativas, o el vienés Josef Hoffmann, que dejó precisamente en Bruselas una de las obras clave del movimiento, el extraordinario Palais Stoclet.

Sin embargo, en 1930, cuando Colomer llegó a Bélgica junto al también pintor Martí Adroher, a los que se uniría más tarde Francesc Gallostra, el Art Nouveau era ya un estilo del pasado. El acontecimiento decisivo para superar la omnipresencia de esta estética que había inundado Europa desde el cambio de siglo había sido la Exposition Internationale des Arts Décoratifs et Industriels Modernes, que tuvo lugar en París en el año 1925, muestra en la que Le Corbusier presentó su Pavillon de l’Esprit Nouveau, una auténtica prefiguración de la arquitectura y las artes decorativas del futuro. Aunque ni de lejos el resto de aportaciones de la Exposición tenían un aire tan vanguardista, la prohibición expresa de presentar piezas que imitasen o repitieran cualquier estilo del pasado (es decir, la negación estricta del historicismo) hizo que en su conjunto la muestra, en la que tomaron parte un buen número de artistas belgas, se convirtiera en un escaparate de las ideas más novedosas en el ámbito de la decoración y la arquitectura, que en buena medida se corresponden con el estilo que ahora conocemos como Art Déco. No es éste el lugar para discutir cuáles son las características definitorias de este estilo, cuál fue su base teórica (si la tuvo) ni mucho menos para describir sus variantes formales, pero la verdad es que el Art Déco es el estilo que hoy identificamos con la arquitectura y las artes decorativas del período de entreguerras, una concepción de los objetos de la vida cotidiana que conjugaba modernidad y funcionalidad, simplicidad y ornamentación, desde una mirada nueva y libre de prejuicios y que en cierto modo anuncia lo que acabaríamos conociendo como Movimiento Moderno.

La estancia de Colomer en Bruselas —por otra parte bastante corta: estuvo poco más de un año, y Gallostra, unos ocho meses— ofreció, por lo tanto, a los jóvenes artistas gerundenses la oportunidad de conocer de primera mano las novedades europeas más recientes en el campo de la arquitectura y las artes decorativas. Es una lástima que no tengamos demasiada información ni sobre los profesores con los que estudió ni sobre sus actividades durante este período. A pesar de que hechos como que en febrero de 1931 Colomer, Gallostra y Adroher fueran elegidos miembros de la directiva y de la comisión de cultura del nuevo Centro Catalán de Bruselas sugieren que quizás habían pensado en una estancia más larga, lo cierto es que a principios de abril del mismo año ya los tenemos de vuelta en Girona. Es muy posible que en este regreso tuviera algo que ver la ebullición de los acontecimientos políticos que se vivían en el país pocos días antes de la proclamación de la República. Lo que está claro es que Colomer y Gallostra no perdieron el tiempo, y en seguida pusieron en práctica su plan de formar una sociedad y establecerse como decoradores de interiores y diseñadores gráficos en un estudio del número 10 de la ronda Ferran Puig. El 30 de abril del mismo año ya publicaron en el periódico L’Autonomista el que podemos considerar su primer trabajo como grafistas, precisamente un anuncio de la empresa de publicidad OIC de la calle Nou del Teatre de Girona (núm. cat. 695).

Si en el contexto gerundense la persona y la obra de Pep Colomer mantuvieron con los años, aunque con altibajos, una cierta notoriedad que los dio a conocer entre mucha gente, la de Francesc Gallostra es más bien una historia de olvido. De algún modo, se explica por el hecho que Gallostra se exilió después de la guerra y que, aunque regresó a Girona en el año 1950, murió antes del fin de la dictadura. Pero esto no justifica el desconocimiento general sobre su persona y su trabajo, teniendo en cuenta la intensa actividad que desplegó en la Girona republicana, ya fuera por su cuenta o, casi siempre, en compañía de Colomer.[2] Gallostra, pintor autodidacta, había expuesto su trabajo públicamente en 1922, tres años antes que Colomer, en una muestra colectiva en la Galeria dels Bells Oficis de Girona impulsada por el GEiEG, recién fundado y del que él y su padre eran los primeros socios. En 1924 y 1925 recibió sendos premios en los concursos de pintura organizados por esa entidad, y el mismo año 1924 hizo su primera exposición individual, en el Ateneu de Girona. En el año 1925 participó en una exposición colectiva que se presentó en el Ateneu de Igualada promovida por Rafael Masó, y al año siguiente volvió a exponer individualmente en el Ateneu. En los años 1928 y 1929 presentó su trabajo en Figueres, Sant Feliu de Guíxols, Barcelona e incluso, con un cuadro, en Madrid. La valoración crítica de su pintura, preferentemente paisajes, apuntaba en general hacia sus posibilidades, pero también hacia su inmadurez.

Aunque seguramente Colomer y Gallostra habían coincidido antes (ambos tomaron parte en la exposición del GEiEG de 1925), la primera evidencia de su actividad conjunta es su participación, en el año 1929, como fundadores del grupo Amics de les Arts. Esta asociación nació como sección del GEiEG y organizó dos exposiciones colectivas de jóvenes artistas, pero por encima de todo fue la promotora de la erección del monumento en homenaje a Fidel Aguilar en los jardines de la Devesa, según un proyecto elaborado probablemente por los dos (núm. cat. 546).[3] El interés de estos jóvenes por el desdichado Aguilar resulta muy significativo, no sólo porque fue el primer acto de reivindicación de la figura de un artista que en doce años ya había sido casi olvidado, sino porque sitúa a la nueva generación de artistas de la ciudad en confrontación con su predecesora, la generación novecentista, encabezada por la poderosa figura de Rafael Masó, que aún era, en buena medida, un referente en la vida artística y cultural de la ciudad.

En este sentido, la relación entre las nuevas propuestas artísticas que como veremos representan los trabajos del equipo Colomer-Gallostra y el mundo novecentista de Masó y los artistas y artesanos de su órbita no podía estar exenta de cierta tensión, si bien, como pasa a menudo en estos casos, los puntos de contacto entre los dos bandos eran numerosos. Los inicios artísticos de Gallostra tuvieron lugar bajo los auspicios de Masó, que lo incluyó en su selección para una exposición en Igualada que pretendía proyectar más allá de Girona la producción artística de la ciudad, de modo parecido a como lo había hecho la ambiciosa e importante exposición en las Galeries Laietanes de 1918. Así mismo, en la realización de sus proyectos, Colomer y Gallostra contaron con la colaboración de algunos artesanos muy vinculados a Masó, como es el caso del herrero Ramon Cadenas, para quien diseñaron un anuncio publicitario que se reprodujo repetidamente en la prensa de la época (núm. cat. 697).[4] El propio acto de homenaje a Fidel Aguilar se podría incluir en este clima de respeto y buena relación entre generaciones. Sin embargo, el ataque sin concesiones de Masó al proyecto revela una distancia probablemente inevitable. En un texto autógrafo escrito al día siguiente de la inauguración del monumento (erigido gracias a una suscripción popular en la que él no participó), Masó dejó bien claro que no le gustaban ni la concepción ni la ejecución del proyecto. Según afirmaba, a Aguilar le habría hecho mayor justicia “una lapidaria inscripción, con evocadora leyenda que recordase la casa o el taller donde pasó sus días, en lugar de este monumento con todas las pretensiones y defectos inherentes”.[5] En cuanto a la obra en sí, Masó deploraba que “aquí desgraciadamente no ha regido la sensatez en la concepción del monumento a Aguilar, sino la moda pasajera y frívola”, y consideraba lamentable que en una obra como ésta se dejase que “unos aficionados alzaran en un lugar del común y con subvención municipal un monumento sin la más mínima intervención de los profesionales, a los que se debería encargar por lo menos el debido control”. Y acababa diciendo que “lo que se ha hecho aquí, a la manera parisiense de feria o exposición, no durará mucho tiempo”. En estas palabras late evidentemente el disgusto por no haber sido consultado en relación con el proyecto, pero también un cierto menosprecio por una generación de artistas más jóvenes, y quizás más aún por el hecho de que había protegido al menos a uno de ellos. Masó probablemente intuía que al fin y al cabo estaban destinados a tomar el relevo de su propia labor tanto artística como de agitación cultural. En cambio, no podemos señalar que estas palabras revelen también diferencias estéticas, porque en este momento Colomer y Gallostra todavía no habían emprendido ningún proyecto de decoración. Sin embargo, es evidente que las propuestas que ambos presentarían a lo largo de los años treinta, cercanas a una estética moderna y vagamente racionalista, tenían que resultar sorprendentes en un contexto gerundense que ya se había acostumbrado al Novecentismo masoniano, al igual que los proyectos de Masó también impactaron notablemente en el conservadurismo pequeñoburgués de la ciudad de principios de siglo.

Los pocos proyectos decorativos que conocemos del tándem Colomer-Gallostra son todos encargos para tiendas y locales comerciales: tenemos noticias de cinco espacios en los que trabajaron en Girona, y de uno en Olot. Desgraciadamente, de las tiendas gerundenses prácticamente no ha sobrevivido ninguna y, con una excepción, sólo tenemos algunas fotografías que documentan muy pobremente el trabajo realizado; por lo tanto, cualquier comentario sobre sus características se tiene que hacer y tomarse con mucha prudencia. En el mismo año 1931 realizaron su primer trabajo y uno de los más logrados: la reforma de la fachada de la pastelería Pratdesava, situada en el número 8 de la entonces llamada plaza de la República, la actual plaza del Vi, en la que colaboró, entre otros industriales, Ramon Cadenas para los trabajos de herrería (núm. cat 698). La única fotografía que tenemos del establecimiento muestra una fachada de una elegante simetría, en la que un dintel de mármol enmarca la puerta de cristal central y los dos escaparates, uno a cada lado. Destacan, por una parte, sobre la puerta, un panel horizontal pintado con un diseño geométrico y una especie de bodegón en el centro, debajo del cual relucen las letras del nombre del establecimiento, diseñadas con la misma tipografía estilizada y hechas con el mismo metal pulido que las que, bajo los escaparates, anuncian las especialidades de la casa. Por otro lado, es muy singular también el diseño de la propia puerta, un motivo abstracto y lineal elaborado igualmente en metal en la más pura tendencia Art Déco. No es de extrañar que, en la pieza del periódico en la que se da noticia de la reforma, se describa en estos términos: “Trátase, realmente, de una mejora de alta envergadura, que lleva aparejado el sello de la distinción más refinada. El estilo, moderno, estilizado, decorativamente original, está en completa armonía con el carácter elegante que es exigencia del público impere en tal clase de establecimientos.”[6]

Modernidad y elegancia son sin duda dos conceptos que encajan plenamente con el trabajo de Colomer y Gallostra en este caso, y que tienen mucho que ver precisamente con las reivindicaciones que las jóvenes generaciones planteaban a la nueva arquitectura y a las artes asociadas. En Girona, Colomer y Gallostra no estaban solos del todo en esa defensa: un joven arquitecto formado en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, Josep Claret, fue a finales de los años veinte y principios de los treinta una de les figuras clave en la apología de la arquitectura moderna, tanto en su obra como mediante su textos teóricos. Claret, que fue el único miembro gerundense del GATCPAC y formó parte también de Amics de les Arts (en el año 1932 pronunció en la sede del GEiEG la conferencia Orientaciones modernas de arquitectura y pintura), había publicado en 1929 en la revista barcelonense D’Ací i d’Allà el artículo “Nuestras tiendas”, en el que escribía cosas como ésta:

 

Las novedades lanzadas en otros países llegan pronto; lástima que lo que no llega sea una pizca de gusto, a fin de que lo que se expone se venda en seguida [...]. Éste es el mal de que adolecen nuestros escaparates, nuestras tiendas; nos sueltan columnas a cada paso, marcos dorados, unas caprichosas combinaciones de barrotes, molduras, rincones llenos de polvo [...] todo con unas letras floridas y torcidas para facilitar la lectura. [...] [Contra esto] ponemos en una pared lisa y blanca el rótulo claro, con letras sencillas, las de más fácil lectura; sin más rayita ni relieve, el escaparate tiene que ser un rectángulo que destaque —eso os sitúa—. Igualmente, la puerta lisa, procurando la proporción —poco más tenemos que hacer.[7]

 

A pesar de que la opción de Claret se sitúa en la línea de la modernidad más radical y de que las propuestas de Colomer y Gallostra las tenemos que calificar siempre de más moderadas, no hay duda de que sus tiendas se acercan mucho más a ese anhelo de simplicidad que al batiburrillo caduco descrito por el arquitecto. En el Archivo Histórico Municipal de Girona hemos descubierto un proyecto de 1935 que se corresponde todavía con más precisión con las ideas de Claret (núm. cat. 724). Se trata del plano para la fachada de una chocolatería que plantea una propuesta muy sencilla, en la que la pared aparece pintada en dos tonos de crema y, a parte de la puerta y los escaparates de cristal, sólo destaca la tipografía racionalista en la que se escriben tanto la tipología del establecimiento como los distintos productos que serviría la casa.[8]

Todavía en 1931, Colomer y Gallostra colaboraron en la decoración de la fachada del Hotel Peninsular y del Teatro Albéniz de Girona con una pintura en relieve. No tenemos imágenes del resultado, pero sí de algunas de las muestras que manejaron, de diseño geométrico (núm. cat. 699). Al año siguiente, Colomer y Gallostra trabajaron en la reforma de la peluquería Reixach (Roig, a partir de 1935), situada en el núm. 5 de la plaza del Vi, en la esquina de la calle Albareda (núm. cat. 1075).[9] Éste es el único de sus trabajos que se conserva, aunque actualmente resulta difícil reconocer su función original. De la fachada no queda ni conocemos ningún elemento distintivo; por lo que respecta al interior, la fotografía muestra un espacio cómodo, práctico y funcional, y un mobiliario moderno, del que perdura la decoración cerámica con franjas blancas y gris-azuladas, muy útil para dar claridad a un local bastante pequeño. Destaca también la hornacina encima de los espejos en la pared principal, donde se colocó un ejemplar de la escultura seriada de Jaume Busquets Niño de la corona (c. 1920), una terracota negra con pátina argerata producida en Cerámicas Marcó de Quart. Este elemento, en sintonía con lo que comentábamos más arriba, apunta a los vínculos con la estética novecentista de la generación anterior.

El siguiente proyecto integral del que tenemos noticia es otra peluquería-barbería, en este caso la peluquería E. Sitjes de la plaza Marquès de Camps de Girona, inaugurada el 3 de junio de 1933 y activa hasta hace pocos años (núm. cat. 712a-d). Las imágenes que tenemos son bastante recientes, y aunque el establecimiento se conservó esencialmente tal como era originalmente, no se pueden descartar algunos cambios posteriores. En cuanto a la fachada, se trata de una puerta de madera y vidrio pintada de color azul con la señal tradicional de las barberías, en la que destaca como elemento más innovador la tipografía del nombre del establecimiento. Por las imágenes que tenemos del interior, presenta un espacio amplio, limpio y luminoso, pintado en colores claros y muy funcional. Como en el caso de la peluquería Roig, no hay duda de que a principios de los años treinta unos establecimientos tan bien pensados y con un equipamiento que en ese momento debía ser bastante avanzado contrastaban notablemente con las barberías más tradicionales. Por ello en esta ocasión el periódico hizo referencia específica a la comodidad del local y al “estilo modernísimo” de sus decoradores.[10] Aquí de nuevo resulta significativo descubrir en las fotografías que sobre el botiquín luzca una figura de Fidel Aguilar, quién sabe si a propuesta de los decoradores o por voluntad del propietario.

1934 fue un buen año para el despacho de decoración, porque como mínimo realizó tres proyectos. En el mes de mayo terminaron la reforma del estudio y tienda de fotografía Barber, en la Rambla de la Llibertat (núm. cat. 717). Sólo conservamos una imagen, que muestra un rincón de lo que probablemente era la sala de espera del estudio. A pesar de que no podemos sacar muchas conclusiones, la fotografía revela un espacio sobriamente arreglado en una combinación de tonos claros y oscuros, en los que en contraste con un mobiliario un poco anticuado destacan dos detalles de modernidad marca de la casa: el embaldosado en un diseño geométrico en blanco y negro, y lo que parece la puerta del estudio, con un dibujo lineal metálico que recuerda las formas Déco que hemos visto en la pastelería. El 23 y 24 de agosto del mismo año se inauguraron las dependencias (tienda, oficinas y sala de exposiciones) de Ràdio Univers, una tienda de electrodomésticos situada en la plaza Marquès de Camps (núm. cat. 718). El establecimiento ha desaparecido y sólo disponemos de una fotografía de la fachada, en la que destacan, por una parte, la simetría de los escaparates, y por la otra, el hecho de que el único elemento visualmente potente sea el grafismo de los rótulos anunciadores del establecimiento, lo que de nuevo parece corresponder a la nueva modernidad que expresaba el texto de Claret. Del interior no tenemos ninguna imagen, así que nos hemos de remitir a la crónica del periódico:

 

Todo ha sido ideado, primero, y montado, después, con un vivo sentido práctico y con una innegable sobriedad y elegancia, de acuerdo con las más modernas exigencias comerciales.

De manera especial, los salones de exposiciones y de ventas y el despacho han sido realizados con gran lujo y con una elogiable exquisitez. Nos faltaría, tan sólo, decir que han intervenido en su decoración los excelentes “Colomer-Gallostra”, y todo el mundo ya tendría una idea del buen gusto que ha presidido la instalación.[11]

 

El mismo año llevaron a término la reforma y decoración de la perfumería Casa Massias, de Olot (núm. cat. 721a-d). Aunque resulta difícil distinguir en este caso los elementos originales de los que se han ido añadiendo posteriormente, la fachada, construida básicamente en madera y ladrillo, geométrica y funcional, y sobre todo el nombre del establecimiento, resuelto en una tipografía similar a la que veíamos en otros casos, recuerdan a algunos elementos característicos del trabajo de sus autores. Éste es, según la información que tenemos, el último trabajo de decoración del equipo Colomer-Gallostra.

Paralelamente a estos encargos, asumieron otro proyecto muy importante concretado en su participación activísima en la organización de la Feria Comercial y Agrícola de Girona, cuya primera edición se celebró en el año 1932, impulsada y promovida por ellos mismos junto al periodista Lluís Bota, y en la que ejercieron de directores artísticos y diseñadores (núm. cat. 706a-b). Este cargo implicaba la supervisión de la organización general de la Feria, el diseño de los stands y la publicidad del evento, misión que llevaron a cabo hasta 1935, año de la última Feria antes de la Guerra Civil. Creo que resulta harto significativo de su actitud ante el oficio que habían elegido el que fueran ellos mismos, pintores de formación, los que impulsaran una iniciativa de cariz tan claramente mercantil como ésta: revela no sólo una clara comprensión de las tendencias de la época (como prueba el auge de ferias y muestras similares que se celebraban por toda Europa en esos momentos), sino también su empuje e iniciativa, nacidos seguramente de la obligación de crearse un mercado y un público para su actividad profesional en un contexto que seguramente les era poco receptivo. Ese carácter comercial de la propuesta se proclamaba claramente en los carteles que diseñaron para las ediciones de 1933, 1934 y 1935 (núm. cat. 713, 719 y 725), todos ellos exactamente iguales excepto por el color de los fondos: una tipografía clara y contundente acompaña el perfil del rostro de Mercurio, el dios romano del comercio, un elemento iconográfico que había sido repetidamente utilizado en carteles similares por todo el continente.[12] Colomer y Gallostra ya habían creado esta imagen de Mercurio para la publicidad de la primera edición de la Feria, en 1932 (núm. cat. 1073, 1074 y 1076), y la hemos vuelto a encontrar en la portada del catálogo de la III Feria (núm. cat. 720), lo que nos lleva a pensar que fue un icono reproducido sobre muchos soportes y en distintos formatos, hasta el punto de convertirse en la imagen que identificaba la muestra.[13]

No hay duda de que en la Girona del momento este afán comercial podía crear alguna suspicacia, sin embargo sus esfuerzos en la organización del acontecimiento fueron muy bien recibidos y valorados, y los autores que escribieron sobre la Feria destacaron su sobriedad y ponderación, la calidad y el esmero de los stands, y en general el gusto exquisito de todo el conjunto.[14] Ciertamente, las fotografías que tenemos de esta primera Feria hacen justicia del todo a estos adjetivos. Entre otras, tenemos una imagen del stand de Colomer y Gallostra en la que se muestra una propuesta para un interior doméstico (núm. cat. 707). El artículo que acompaña a la fotografía, de autor desconocido, empieza reinterpretando el conocido lema de la Secesión vienesa: “A toda época le corresponde un estilo artístico.”[15] Según el texto, ese estilo del momento se podría calificar aún de inmaduro, pero “reúne dentro de unas líneas simples, como la línea geométrica, todo el encanto del confort y toda la elegancia de las formas más opulentas de antaño”, y destaca del stand su modernidad, así como la simplicidad y la amplitud del espacio.

A pesar de estos comentarios, la propuesta decorativa en cuestión se nos antoja bastante convencional, sobre todo si la comparamos con la que presentaron en la Feria de 1933. Las fotografías nos permiten conocer de nuevo el stand del equipo Colomer-Gallostra, compartido en esta ocasión con la herrería de arte de Ramon Cadenas, con quien, como ya hemos visto, colaboraban estrechamente (núm. cat. 715a). En este caso el stand no pretende recrear un ambiente, sino mostrar una serie de piezas de mobiliario que presentaban la singular característica de haber sido hechas con tubo de acero cromado, que en aquel momento representaba la propuesta más vanguardista en materia de mobiliario y decoración de interiores. La primera pieza de esta tipología había sido la famosa silla diseñada por Marcel Breuer en la Bauhaus en el año 1925, conocida más tarde como silla Wassily, que combinaba el diseño singular y moderno con la capacidad de ser producida industrialmente a gran escala. Breuer seguiría desarrollando mobiliario tubular después de su salida de la Bauhaus, principalmente sillas, pero también mesillas, estanterías y otras piezas que tuvieron gran éxito y popularidad. En este caso todo lleva a pensar que los muebles habían sido diseñados por Colomer y Gallostra y realizados por el propio Cadenas, que en su stand del año anterior ya había presentado sillas y mesas hechas con tubo metálico, a pesar de que parece que no era cromado, y de un diseño más suave. En conjunto, las piezas (una mesa y una mesilla, dos estanterías y una silla de formas bastante similares a la de Breuer) constituyen probablemente la más vanguardista de entre todas las creaciones del equipo de diseñadores.

Su presentación en la Feria representaba por parte de Colomer y Gallostra un gesto de gran atrevimiento y significación, que en cierto modo determinaría su imagen. Es interesante en este sentido recordar que, cuando unos años después el antiguo compañero vanguardista Josep Claret quiso reivindicar el papel pionero de Rafael Masó y su arquitectura, lo hizo contraponiendo su trabajo al de los “modernos”, en estos términos:

 

Ahora, en estos dos últimos años, ya se ha iniciado a lo largo de toda la costa y por parte de arquitectos destructores de lo clásico, glosadores de las excelencias de la horizontalidad, del mecanismo, el ‘hallazgo’ del arte popular.

Por unas líneas tortuosas y vacilantes llegan al camino que siguió Masó —han proscrito el tubo cromado y el mueble funcional, poniendo en sus obras jarros, sillas de boga, alfombras de nudo— pero sin decir que lo que les ha abierto los ojos son las obras del mismo.[16]

 

La referencia al tubo cromado y al mueble funcional sirve por lo tanto para caracterizar perfectamente a la arquitectura y la decoración modernas, en contraposición al tradicionalismo masoniano. En este sentido, resulta significativo de la novedad que representaban estas piezas el que Colomer y Gallostra no las llegaran a utilizar en ninguno de sus proyectos, al menos por lo que hasta ahora conocemos.

El estudio de Colomer y Gallostra se dedicó también al diseño gráfico, tal como demuestran los carteles y anuncios creados para publicitar la romería anual del GEiEG, de la que se ocuparon entre 1931 y 1936 (núm. cat. 696, 700, 710, 711, 716, 722, 723 y 726); los carteles y la publicidad de la Feria Comercial que ya hemos citado, y el diseño del programa de mano de la misma. También diseñaron varios anuncios comerciales que se publicaron en la prensa de la época, como para el establecimiento de Ramon Cadenas (núm. cat. 697) y para la espuma de afeitar Pompilia (núm. cat. 1075). También conocemos al menos un dibujo de Colomer publicado en L’Autonomista el 11 de mayo de 1935 representando al bailarín Joan Magrinyà, que había actuado en Girona unos días antes (núm. cat. 1072).

Sin embargo, la vertiente comercial de su trabajo se complementa, por parte de Colomer, con una actividad que podemos calificar de más política y comprometida, como lo demuestran los cuatro dibujos que realizó en los años 1932 y 1933 para la revista L’Espurna: portantveu del Bloc Obrer i Camperol de les comarques gironines (núm. cat. 701, 704, 708 y 709).[17] Así mismo, en julio de 1932 Colomer publicó dos dibujos en el número 3 de Front: setmanari d’avançada, también del BOC, que dirigía el figuerense Jaume Miravitlles, ilustrando un artículo titulado “La política agraria de la URSS” (núm. cat. 702 y 703). A esta misma línea política y estética corresponde otro dibujo, la portada para la edición del librito Perque soc comunista? [sic] del propio Miravitlles (núm. cat. 705). Este texto de treinta páginas recoge el contenido de una conferencia que Met Miravitlles había pronunciado en el Ateneu Enciclopèdic Popular de Barcelona el mismo año 1932, y como el título anuncia, se trata de un panfleto profundamente revolucionario y reivindicativo: “¿Qué es lo que queremos, pues, los comunistas en España? ¡Queremos tomar el poder! ¿Cuándo? ¡Cuando seamos bastantes para asegurar la victoria de la Revolución!”[18] La ilustración de Colomer, al igual que en los dibujos que realizó para L’Espurna y Front, está firmada con el pseudónimo Marty, que puede hacer referencia tanto a su segundo apellido, Martí, como al político comunista francés André Marty, tal como apunta Josep Clara.

Desde un punto de vista formal, podríamos agrupar todos estos dibujos en dos grandes bloques. En algunos de ellos, como el publicado en L’Espurna el 15 de enero de 1933 (núm. cat. 708) o los carteles del GEiEG, se actualiza una versión renovada de la xilografía tradicional que otros movimientos de vanguardia habían puesto de moda en Europa desde principios de los años diez. Ésta era y es una técnica de un evidente gusto popular, con una intención de proximidad y difusión muy clara (la xilografía había sido históricamente el tipo de gravado más utilizado para ilustrar libros, estampas y otros materiales de consumo amplio y popular). Este acercamiento a la imaginería visual a la que la mayor parte del público estaba acostumbrado la hacía especialmente apta tanto para el dibujo comercial como para el de tipo más político. Las otras imágenes, especialmente las de la revista Front o la cubierta del libro de Miravitlles, comparten un estilo muy simple basado en un fuerte contraste color/no color y en un dibujo de aire geometrizante más cercano al estilo vanguardista del constructivismo ruso, por ejemplo. En cualquier caso, resulta interesante observar cómo unos mismos recursos gráficos pueden adaptarse, según la ocasión, a piezas de cariz y objetivos muy distintos. Esta faceta de diseñador gráfico de Colomer se complementará con su trabajo como compaginador de la revista Víctors (1936), cercana a un marco ideológico completamente distinto.[19]

El estallido de la Guerra Civil separó definitivamente al tándem Colomer-Gallostra y disolvió su unión profesional. Paradójicamente fue el segundo, militante activo del partido moderado Acció Catalana Republicana, quien se exilió, mientras que Colomer, más cercano, por lo menos puntualmente, a partidos mucho más radicales, se quedó en Girona, aunque iniciando como tantos otros su propio proceso de exilio interior. Nada más terminada la guerra, Colomer, ya en solitario, retomó su actividad como decorador. Se puede suponer que tanto el contexto social como la proliferación de artistas gerundenses que buscaban también en el interiorismo una salida económica le debieron dificultar el trabajo, aunque también es cierto que él se había ganado cierta reputación.[20] De hecho, cuando en 1947 entró a formar parte de la junta del recién creado Cercle Artístic, lo hizo como vocal de decoración, a pesar de que estuvo en el cargo poco más de un año.

Muy pronto le surgieron algunos encargos: en la línea del trabajo que había realizado antes de la guerra, en 1940 diseñó la portada del programa de las Ferias y Fiestas de San Narciso, diseño que fue reutilizado al año siguiente. El tema, unos caballitos con el campanario de San Félix al fondo, y el estilo, mucho más convencional que el que había utilizado antes, no permiten dudar sobre el momento en el que se produjo.[21] Al año siguiente recibió un importante encargo, realizado junto al arquitecto Ignasi Bosch: la reforma de la fachada, los despachos y el mobiliario de la agencia Triadú de la avenida de Sant Francesc de Girona, que se conserva parcialmente (núm. cat. 727a-i). Tampoco en este caso la opción estilística elegida muestra ninguna continuidad con la línea en la que había trabajado en la década anterior. Si ésta la podemos calificar de una modernidad moderada, la agencia Triadú entra directamente en la categoría de una revisión tradicionalista de vaga inspiración masoniana que, especialmente por lo que respecta al diseño del mobiliario, contrasta absolutamente con la voluntad de corresponder a su tiempo que parece que de alguna manera había guiado su quehacer anterior. Esta ruptura total con la modernidad y la opción por una línea mucho más clasicista, más cercana al Novecentismo, tiene que ver con la cuestión de la posible existencia de un arte o una estética característicos del franquismo, por lo menos en sus primeros años. Sobre este tema, que ha generado numerosos debates, me gustaría citar unas palabras de Oriol Bohigas, que escribió que “[durante el franquismo] en Cataluña existe una continuidad del lenguaje plástico que viene del Novecentismo, un arte que ciertamente se acercaba al franquismo, precisamente porque era un arte anticuado, añejo, con un lenguaje y una ideología envejecidos”.[22] Xavier Barral, en la misma línea, escribe que en este momento “el gusto burgués seguía ligado al espíritu formal del Novecentismo y de la plástica eterna”.[23] Esta visión da a entender no sólo que lo que fue realmente un paréntesis fue el vanguardismo de los años treinta, sino que la fuerza de las formas novecentistas perduró, aunque fuera vagamente, más allá del movimiento social y cultural del que había surgido, en buena parte debido a su éxito entre la clase burguesa a la que iba destinado.

A partir de aquí resulta difícil seguir con precisión los distintos proyectos decorativos en los que trabajó Colomer. Sin embargo, el gran número de esbozos y apuntes existentes, en especial de muebles, se inscriben en una línea que parece desarrollar lo que la agencia Triadú señala, o sea, una especie de vuelta al pasado y una reinterpretación historicista que a veces se presenta en clave más clasicista, y otras, en clave más abarrocada y ornamental. De hecho, en su biblioteca encontramos un buen número de libros sobre historia de la decoración (véase Anexo), lo que refuerza la idea de que su inspiración partía en buena medida de estilos del pasado, aunque inevitablemente adaptados a las necesidades del momento. Sólo muy esporádicamente en algún dibujo aparecen muebles de cierta modernidad que, sin embargo, queda prácticamente enterrada entre otros muebles de estilo más ecléctico (núm. cat. 791). Ni en los diseños de muebles ni en los esbozos de proyectos de decoración se aprecia conocimiento o interés alguno por las tendencias más contemporáneas en los ámbitos del interiorismo que, como mínimo desde principios de los años cincuenta, ya eran conocidas en Cataluña. Quizás fue sólo en la vidriería, que utilizó a menudo (durante los años cuarenta su despacho gerundense se anunciaba con el nombre de Grabado y Decoración del Vidrio), donde Colomer se explayara utilizando unas formas que enlazan directamente con propuestas artísticas del período anterior a la Guerra Civil, es decir, con una abstracción racionalista, a la que de hecho el arte del vitral es técnica y formalmente muy propicio (núm. cat. 739d, 741, 747a y 758).

Las características de este conjunto de materiales nos dicen mucho también, como es natural, de la clientela a la que iban dirigidos y del contexto en el que fueron creados, que sin duda no favorecía en absoluto la investigación y la experimentación. Sin embargo, sería mucho suponer afirmar que los clientes de la Girona anterior a la guerra para los que trabajaron Colomer y Gallostra fueron mucho más innovadores, desde un punto de vista artístico, que los que tuvo después. Lo que sí parece claro, a la luz del conjunto de su producción, es que durante los años de la República Colomer participó de un proyecto que de algún modo tenía la ambición de intervenir significativamente en su entorno más inmediato (como lo demuestra claramente la iniciativa de la Feria Comercial), mientras que después de la guerra, como tantos otros, en cierto sentido se resignó.

 



[1] Véase el artículo biográfico de Jordi Falgàs en el primer volumen del libro, pàg. 40-50, para más información sobre el período de aprendizaje de Colomer en la Escuela de la Llotja de Barcelona y sus estudios en Bruselas.        

 

[2] Todas las informaciones sobre Gallostra provienen de Josep Clara, “Francesc Gallostra, pintor de Girona”, Revista de Girona 188 (mayo-junio 1998): 42-47.

 

[3] Véase Clara, “Amics de les Arts i Fidel Aguilar”, Revista de Girona 167 (noviembre-diciembre 1994): 86-88. Sobre la autoría del proyecto del monumento, véase el citado artículo de Falgàs.

 

[4]  Aparte de participar en uno de los proyectos de decoración de Colomer-Gallostra, Cadenas compartió stand con ellos en la Feria Comercial de Girona de 1933 y tomó parte al menos en dos de las exposiciones organizadas por los Amics de les Arts, en los años 1929 y 1930.

 

[5] La existencia de este texto es citada por Enric Marquès [Eugeni Ribalta, pseud.], “Carta a Fidel Aguilar”, Fidel Aguilar, ed. Jaume Fàbrega (Girona: Ajuntament i Col·legi d’Arquitectes de Catalunya i Balears, 1972), 11-14. Estos fragmentos son citados en Clara, “Amics de les Arts i Fidel Aguilar”.

 

[6] “Reformas en la Pastelería Pratdesava”, Diario de Gerona, 19 noviembre 1931.

 

[7] Josep Claret, “Les nostres botigues”, D’Ací i d’Allà núm. 14, diciembre 1929. Reproducido en Gemma Domènech et al., Josep Claret (1908-1988): arquitecte entre la República i la dictadura (Girona: Ajuntament i COAC, 2009), 122.

 

[8] Véase los documentos de Margarida Culubret, pl. del Vi, 8, Archivo Histórico Municipal, Ayuntamiento de Girona, núm. reg. 1935/0.3203. Pensamos que este proyecto de Colomer-Gallostra no se llegó a ejecutar. La dirección para la que se solicitó la licencia de obras de reforma es la misma que la de la pastelería Pratdesava, pero estaba firmada por Margarida Culubret. En este punto de la investigación, no podemos concretar con más precisión qué fue lo que motivó el nuevo encargo, sólo cuatro años después de la reforma de 1931, ni su no realización.

 

[9] Los inicios de este establecimiento son poco claros y han dado lugar a confusiones. Al parecer, en el momento de la reforma de Colomer y Gallostra, el propietario era Amadeu Reixach. Por razones desconocidas, Reixach se asoció con el arquitecto Rafael Masó en 1934, y Masó acabó comprándole y arrendándole la peluquería unos meses antes de morir. Luego, en diciembre de 1935, los herederos de Masó la vendieron a Joaquim Roig, y se convirtió en la peluquería Roig hasta que dejó de funcionar como tal, a finales del siglo XX. La relación de Masó con esta peluquería ha llevado a pensar que era la barbería Dalmau, para la que Masó diseñó en 1933 una reforma de los interiores que no se corresponden con los de la barbería Reixach. Véase la documentación relacionada con la barbería Reixach en el Archivo de la Fundación Rafael Masó, núm. reg. 719; Joan Tarrús y Narcís Comadira, Rafael Masó, arquitecte noucentista (Girona: COAC, 2007), 272, y los planos de la barbería Dalmau, Fondo Rafael Masó, Archivo Histórico del Colegio de Arquitectos de Cataluña, Girona, núm. reg. 9617.

 

[10] “Un nou establiment de perruqueria”, Diari de Girona, 7 junio 1933.

 

[11] “Inauguració del nou local de ‘Ràdio Univers’”, Diari de Girona, 24 agosto 1934.

 

[12] Véase Xavier Cortés, “Els cartells de la Fira de Mostres de Praga (4)”, Fires i cartells. Anàlisi iconogràfica dels cartells firals europeus del segle xx, http://xaviercortes.blogspot.com.es/, 30 septiembre 2011. La combinación de referencias clásicas y estética moderna se corresponde muy claramente con una de las tendencias estilísticas del Art Déco.

 

[13] La prensa de la época se hace eco de la publicación del cartel de la primera edición de la Feria. Todo lleva a pensar que ya incorporaba el icono de Mercurio como el resto de los anuncios que diseñaron Colomer y Gallostra, pero no hemos conseguido localizar ningún ejemplar. Véase “Fira Comercial de Girona”, El Autonomista, 7 octubre 1932.

 

[14] Véase Activitas: órgano del Bureau Internacional de expansión del comercio y de la industria (noviembre 1932): 4-7. Este número de la revista se dedicó casi íntegramente a la feria gerundense, y contiene fotografías y comentarios de todos los stands. Véase también Josep García Álvarez, “La Fira Comercial”, El Autonomista, 10 octubre 1932; Rafel Massaguer, “La I Fira Comercial vista per un empordanès”, El Autonomista, 3 noviembre 1932, y “Sopar d’homenatge als organitzadors de la I Fira Comercial de Girona”, El Autonomista, 7 noviembre 1932.

 

[15] “Stand con que la Casa Colomer y Gallostra contribuyó con su artístico estilo a embellecer la Primera Feria Comercial de Gerona”, Activitas: Órgano del Bureau Internacional de expansión del comercio y de la industria (noviembre 1932): 24.

 

[16]  Josep Claret, “Rafael Masó, arquitecte”, Víctors 1 (enero 1936): 9.

 

[17] Josep Clara, “Pep Colomer, entre el disseny comercial i la proposta revolucionària”, Revista de Girona 176 (mayo-junio 1996): 45-48. En este artículo, Clara también reproduce un dibujo de Mariana Pineda publicado por Colomer-Gallostra en El Autonomista a lo largo de 1931 que no se ha podido localizar. En este campo, Colomer y Gallostra también diseñarían conjuntamente, en enero de 1938, los carteles para la exposición del Concurso de Trabajos Escolares a Beneficio de los Combatientes en el Frente.

 

[18] Jaume Miravitlles, Perque soc comunista? [sic], (Barcelona: Impremta Pereda, 1932), 25.

 

[19] Véase Narcís Selles, “La revista ‘Víctors’: art, cultura i política en la Girona republicana”, Locus Amoenus 3 (1997): 195-214.

 

[20] Véase Eva Vàzquez, “El llenguatge de les arts”, en Sota la boira: lletres, arts i música a la Girona del primer franquisme (1939-1960), de Josep Clara, Narcís-Jordi Aragó, Joan Gay i Puigbert, y Eva Vàzquez (Girona: Museu d’Art, 2000), 87-154.

 

[21] No se ha podido localizar ningún ejemplar impreso de este programa de mano, pero en el Museo de Historia de la Ciudad de Girona se conservan las planchas utilizadas para la impresión (MHCG núm. reg. 06789 1-4), catalogadas como obra de Colomer.

 

[22] Oriol Bohigas, “Sobre l’arquitectura dels anys quaranta a Barcelona”, en L’art de la victòria: belles arts i franquisme a Catalunya, de Xavier Barral et al. (Barcelona: Columna, 1996), 164.

 

[23] Xavier Barral, “Introducció”, ib., 27.