PEP COLOMER, ARTISTA DE UNA CIUDAD

Jordi Falgàs

 

Para explicar la vida de Pep Colomer Martí esta recopilación ofrece una amplia cronología de todos los hechos conocidos, o que hemos podido documentar, y que tienen una determinada relevancia en una larga trayectoria vital de más de ochenta años. También reproducimos muchas fotografías de su álbum familiar, instantáneas halladas entre sus papeles desordenados, que ponen rostro a las diferentes épocas de aquella vida. Vemos al niño, al joven, al hombre adulto y al anciano, a menudo rodeado de familiares y amigos. Pero, como es lógico, todos los que le conocieron mínimamente pude que nos digan que Colomer fue mucho más que eso. Su personalidad, sus conocimientos y vivencias son mucho más complejos de lo que nos puede revelar la enumeración fría y destilada que es una cronología.

Sin embargo, merece la pena leer la cronología con atención, porque precisamente esos pequeños flashes evidencian que detrás había un artista profundamente conectado a la época y al lugar que le tocó vivir, y una personalidad que ha dejado un legado que merece ser conocido y estudiado. A partir de la cronología, pues, en este artículo pretendo hacer una presentación del personaje. De ningún modo tiene que entenderse como una pequeña biografía. El género biográfico tiene sus normas y requiere un trabajo de investigación que quedará todavía pendiente, pero a pesar de todo intentaré hacer un breve retrato de Colomer, un esbozo del hombre, y sobre todo del artista.

En el catálogo de la exposición en el Museu d’Art de Girona (MD’A) de 1996, varios autores ya hicimos una aproximación a la persona y la obra de Colomer, una aproximación bastante completa, diversa y aún válida. ¿Qué ha cambiado, desde entonces? Recordemos que aquella exposición fue el resultado de un hallazgo, inmediatamente después de la muerte de Colomer en noviembre de 1994, de toda la obra que él había guardado en su casa. Todo el material fue depositado en el MD’A en 1995, y a finales de ese año el museo me encargó la catalogación parcial de dicho fondo, concretamente de la obra pictórica. Ahora, gracias a la colaboración entre la Fundación Colomer-Sanz (constituida en 1998) y el propio MD’A, hemos podido tener acceso al resto del legado Colomer, que ha resultado ser riquísimo sobre todo en obra sobre papel (muchos apuntes y esbozos, así como los proyectos para interiorismo y diseño de mobiliario). Además, durante los últimos dos años, también hemos hecho un esfuerzo por localizar, fotografiar y catalogar toda la obra pictórica de Colomer que se encuentra en manos privadas, sobre todo de familiares y amigos del pintor. Y no descartamos que todavía aparezcan más. Por lo tanto, la visión retrospectiva sobre la obra de Colomer, que se inició con aquella exposición de 1991 en las Salas Municipales de Girona —con el artista todavía vivo— y que continuó con la exposición de 1996, ahora se amplía enormemente. Han aparecido obras poco conocidas, y de todas sus épocas; hemos descubierto poemas inéditos y artículos olvidados, se han podido documentar sus principales proyectos de decoración y, sobre todo gracias a la ingente cantidad de dibujos, se ha revelado un Colomer más dedicado a su obra plástica y más constante y consistente de lo que muchos creíamos. La cronología, la bibliografía y, en definitiva, la obra escrita y visual que se presenta en estos dos volúmenes y en la publicación electrónica que los complementan nos ofrecen una visión más rica de quién fue Pep Colomer.

Cuando lo conocí en el año 1991, para hacerle una breve entrevista con motivo de su exposición en Girona, de sus palabras se desprendía que era un hombre para quien el arte no tenía sentido si no respondía a una determinada visión del mundo y era el resultado de una interpretación crítica de la vida. Pero al mismo tiempo Colomer era una persona que arrastraba una gran frustración como artista, y no lo ocultaba. Tal como me dijo en aquella ocasión, “estoy muy lejos de lo que yo querría hacer, porque en mi particular teoría filosófica he llegado a la conclusión de que hace falta una revisión total de nuestro pensamiento y [de] nuestra concepción de la existencia, lo que incluye, evidentemente, al arte”.[1] En un breve texto, en el catálogo de la exposición, se expresaba en términos parecidos.

El sentimiento de frustración continua es inherente a la actividad de cualquier artista, pasado y presente, y el impulso creativo se deriva en buena medida del hecho de trabajar para vencer esa frustración, con mayor o menor conciencia de que las satisfacciones no provendrán jamás de los resultados obtenidos sino precisamente del propio trabajo, de la acción. Pep Colomer se debatió con ese sentimiento durante toda su carrera, y eso le condujo, de forma progresiva, a buscar explicaciones en el campo del pensamiento. La importancia de lo que él llamaba su filosofía es innegable, ya que era el resultado de una larga dedicación a la lectura y al estudio autodidactas de determinados aspectos de la psicología moderna. Él mismo, pues, dio lugar a que durante los últimos años de su vida se lo considerase más como un pensador que como un artista y que haya quien le haya valorado más como filósofo que como pintor. Sin embargo, éste es un debate absurdo, puesto que en primer lugar estas categorías no son excluyentes, y además, en el caso de Colomer, una no podría entenderse sin la otra.

La pregunta, por lo tanto, no es qué fue sino qué hizo Colomer, y sobre todo qué quería decir, cuál es el significado de su obra. Precisamente la cantidad y el interés de la producción artística que ahora damos a conocer le hacen revivir como creador. Y digo ‘creador’, más que pintor o artista, porque tanto su formación como su trayectoria profesional hicieron de él una personalidad que ultrapasaba disciplinas y que le permitieron aplicar su talento y su espíritu creativo a distintos lenguajes, técnicas y especialidades.

 

 

Formación y primeros proyectos

 

La formación académica de Colomer en artes plásticas fue ciertamente breve pero no por ello poco importante. Un breve currículum escrito por el propio artista que hemos podido encontrar entre sus papeles empieza diciendo:

 

Nacido en Girona en 1907.

Formación de hecho autodidacta a pesar de haber seguido 2 cursos de Composición con el Profesor Francesc Labarta en la Llotja (1926-27).

Trabajar en la figura del natural en el Círcol de San Lluch-Barcelona (26-28).

“École de Beaux Arts”.

“Maison des Artistes” Bruxelles 1930.[2]

 

Es decir, que se consideraba en buena medida autodidacta, pero no ocultaba el hecho de que también había estudiado en las escuelas de bellas artes de Barcelona y Bruselas, durante un periodo equivalente al que actualmente sería necesario para obtener un grado universitario.

De su paso por la Llotja no es de extrañar que Colomer destacara los cursos con Francesc Labarta (1883-1963). Más allá de su destacada actividad docente, Labarta tenía unos conocimientos y una experiencia que seguramente fueron decisivos para el futuro profesional de Colomer en el campo de la decoración y el diseño de interiores. Cuando Colomer pasó por sus aulas, Labarta había colaborado en importantes proyectos en el campo de las artes aplicadas y la decoración mural (esgrafiados, tejidos, alfombras, mosaicos), a menudo en grandes obras arquitectónicas de la Barcelona moderna, como el Hospital de Sant Pau, con Lluís Domènech i Montaner, y el Palacio de Pedralbes. Precisamente por aquel entonces estaba trabajando en la decoración del nuevo edificio de Correos, de Josep Goday, y poco después sería nombrado asesor artístico de la Exposición Internacional de 1929 e intervendría en la decoración del Palau Nacional.[3] En 1910 Labarta también había sido uno de los fundadores de la asociación Les Arts i els Artistes, un referente para los Amics de les Arts de Girona, que Colomer contribuyó a fundar a su vuelta de Barcelona. Sin embargo, no se debe olvidar que la estancia de Colomer en Barcelona se inscribe en los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, y que su paso por la Llotja y el Cercle Artístic de Sant Lluc no coincidió con ninguno de los momentos de efervescencia de esas escuelas, a pesar de que en la Barcelona de la época ya se manifestaban las últimas tendencias del arte de vanguardia y eran visibles algunos de sus protagonistas (galerías Dalmau, Salvador Dalí, Marinetti, Le Corbusier, la revista L’Amic de les Arts, etc.).

Lo que no menciona Colomer es su asistencia a la academia de Josep Aguilera, pariente suyo y referente artístico para la joven generación de artistas gerundenses de los años treinta. En cambio, en un texto de 1978, Colomer escribió que el maestro “encontró entre sus discípulos, y también en el círculo de amigos jóvenes que en aquel tiempo dábamos en Girona la pauta de las inquietudes renovadoras, una especie de contrapeso compensatorio” al rechazo que sufría por parte de la Girona “bienpensante”.[4] Colomer también rememoraba que él fue uno de los privilegiados alumnos de las clases de dibujo del natural con modelo desnudo que Aguilera ofreció en Girona en 1928.[5]

Sin duda, el paso de Colomer por Barcelona le animó a tomar parte en la creación y en las primeras exposiciones de la asociación Amics de les Arts, en 1929, y a decidir continuar con sus estudios fuera de Cataluña a principios de 1930. Es posible que el propio Labarta le incitase a irse al extranjero, pero sorprende que Colomer y Martí Adroher se marcharan de Girona en el mes de marzo. De la breve nota que publicó el Diario de Gerona, se podría deducir que partieron sin un destino muy claro, pero todo indica que la elección de Bruselas estaba perfectamente prevista, y quizás se tomaron unos meses de margen para visitar otras ciudades y prepararse para el inicio del curso en otoño: “Han salido para Bruselas y otras capitales europeas los jóvenes artistas gerundenses José Colomer y Martín Adroher. Durante larga temporada se proponen ampliar y modernizar sus conocimientos sobre pintura decorativa.”[6] Su amigo Francesc Gallostra, en cambio, no partió hacia Bruselas hasta el mes de julio, después de recibir una bolsa de viaje de 1.000 pesetas de la Diputación.[7]

Lo que sí parece claro es qué intención tenía. A raíz de sus estudios en Barcelona y de su contacto con Labarta, Colomer había decidido orientar su carrera no tanto hacia la pintura de caballete como a la pintura aplicada a la arquitectura y al interiorismo, en cuyos métodos y técnicas deseaba acabar de formarse. No fue hasta octubre en que, después de pasar una prueba de aceptación, el Diario de Gerona dio noticia del ingreso de los tres artistas en la Academia Real de Bellas Artes y Escuela de Artes Decorativas de la capital belga.[8] Con más de doscientos años de historia, esa Academia era una de las instituciones más prestigiosas de la Europa continental, y en el momento en que llegó Colomer, el director era ni más ni menos que el reconocido e innovador arquitecto Victor Horta. Además, yendo a estudiar a Bruselas, Colomer también tuvo la oportunidad de matricularse en la no menos prestigiosa École Supérieure de Peinture Logelain. En 1882, Pierre Logelain había creado la primera escuela de la ciudad dedicada exclusivamente a la enseñanza de la pintura decorativa. Con una duración de seis meses, sus cursos intensivos sintetizaban lo que se consideraba que un pintor-decorador normalmente aprendía en siete años.[9] Del paso de Colomer por l’École Logelain se conservan dos fotografías, en las que Colomer aparece, con ademán serio e introvertido, con el resto de sus compañeros y sus profesores (fig. 1 y 2), además de una medalla de la escuela con su nombre grabado, a cuyo dorso se puede leer, en francés, que “el titular de esta medalla también ha obtenido el diploma de capacitación profesional” (fig. 3).

El 29 de junio de 1930 se inauguró el monumento al escultor Fidel Aguilar (1894-1917) en el parque de la Devesa de Girona, una iniciativa de los Amics de les Arts que había sido sufragada por suscripción popular.[10] Desde el principio se detecta cierta confusión sobre la autoría del monumento. En una de las primeras noticias aparecidas sobre el proyecto, se afirma que observando la maqueta “existe una cierta desproporción entre la base y la imagen; pero eso no se debe más que al hecho de que el pie es obra de Gallostra y la reproducción la hizo Colomer”.[11] En cambio, a partir de entonces se afirma que el proyecto del monumento era obra de Francesc Gallostra, motivo que también explicaría el retraso en su partida hacia Bruselas y que la réplica de la escultura de Aguilar fuese obra del escultor Florenci Comas.[12] Colomer guardaba una fotografía del acto (fig. 4), en cuyo reverso él mismo había anotado que entre los presentes se podía distinguir al alcalde, Francesc Coll Turbau; a Carles Rahola, que pronunció el discurso de inauguración y ofreció el monumento a la ciudad en nombre de los promotores; a Florenci Comas, y a Francesc Gallostra. Pero Colomer también anotó, entre paréntesis, “(yo hice el proyecto) y en ese momento estaba en Bruxelles (1930)”. El propio Rahola, tanto en su parlamento como en un artículo publicado más tarde en el diario La Publicitat, afirmaba que la autoría del proyecto era de Gallostra.[13] Es difícil de creer que Colomer quisiera atribuirse un proyecto que no hubiera hecho, tanto como que Gallostra hubiera querido ocupar el lugar de Colomer aprovechando su ausencia de la ciudad. Lo más probable, y más habida cuenta de la amistad que existía entre los dos artistas, es que fuera un proyecto común —como los muchos que harían a su retorno de Bélgica—, pero que la participación de Colomer fuese menor y no quedase recogida por la prensa por el mero hecho de que no estuvo presente en el acto.

Ciertamente, la estancia y los conocimientos adquiridos en Bruselas reforzaron la amistad entre Colomer y Gallostra, y finalizada su etapa formativa, los animaron a crear un negocio conjunto de diseño publicitario y decoración de interiores inmediatamente después de regresar a Girona, a principios de abril de 1931.[14] Los jóvenes artistas llegaron a su ciudad en un momento de euforia colectiva a raíz de la victoria de los partidos de izquierda en las elecciones municipales, el día 12, seguida de la proclamación de la República catalana y de la española, el día 14. Durante toda la década, hasta el fin de la Guerra Civil, sus vidas transcurrieron en paralelo y el trabajo no les faltó. Nos han llegado noticias de numerosos proyectos de reforma y decoración, a menudo de establecimientos comerciales, y del diseño de algunos anuncios publicitarios para la prensa local.[15]

También fue notable su participación en todo tipo de actividades cívicas y sociales que nacían con el empuje de la joven democracia, con la actividad política de los partidos de izquierda, con la libertad de prensa y con la voluntad de modernizar el país. En ese sentido, más allá de los encargos profesionales, el trabajo del tándem Colomer-Gallostra destaca por su vinculación e implicación para con la ciudad de Girona. En otro texto, escrito cuarenta años más tarde con motivo de una exposición sobre Fidel Aguilar, Colomer recordaba aquel periodo como una sucesión frenética de actividad colectiva. Es interesante comprobar que Colomer no establecía diferencias entre una serie de actividades diversas, y se refiere tanto a algunas que fueron previas como posteriores a su estancia en Bruselas:

 

Eran tiempos de democracia efectiva y natural. Los jóvenes profesábamos por aquel entonces unos ideales —sin demasiada discriminación— artísticos, políticos, deportivos; dábamos a todo cabida y estábamos dispuestos en cualquier momento a organizar cualquier cosa; fundar primero los Amics de les Arts y dispersarnos después en múltiples actividades diversas, es decir: alquilar [el teatro] Albéniz para hacer sesiones de cine especial; colaborar en la publicación de una revista, Víctors; vivir la gran época popular del GEiEG en el local de Sant Agustí; ser los supporters entusiastas en la creación de la Piscina de Girona; fundar y promocionar el Cinema Amateur; organizar las primeras Ferias Comerciales y también la primera Feria del Libro.[16]

 

Del periodo republicano, además de la profesionalización de su trabajo, lo más destacado de la actividad de Colomer y Gallostra fue la creación de la librería y sala de exposiciones Garbí, inaugurada en diciembre de 1933, y del grupo Els Íntims, que aglutinó una parte importante de la actividad cultural de la ciudad durante los años previos a la Guerra Civil. A pesar de la euforia de aquellos años, por la correspondencia que Colomer mantuvo con su amigo Joaquim Vergés, que entonces intentaba abrirse camino como artista en París, hemos podido saber que Colomer se había planteado volver a irse al extranjero. En una carta de 1932, Vergés le decía: “Comprendo perfectamente vuestro desacuerdo con el vivir en Girona a pesar del bienestar material, y los beneficios, y los éxitos, que pueda daros vuestra empresa […]. Por eso no me extraña, tampoco, vuestro intento de venir a Francia, y el fuerte deseo de vivir en el ambiente agitado de las grandes urbes.”[17] Pero el propio Vergés también le desaconsejaba hacerlo, explicándole la crisis que sufría el país y sus propias dificultades.

De los años 1932 y 1933 también data la colaboración de Colomer como ilustrador de L’Espurna y Front, dos publicaciones del Bloc Obrer i Camperol (BOC), y de la portada del libro Perque soc comunista?, de Jaume Miravitlles, que por entonces era uno de los dirigentes de ese partido (núm. cat. 701-705, 708-709). El BOC era un partido comunista radical y disidente respecto a las organizaciones del comunismo oficial, y a principios de los años treinta tuvo un gran arraigo y militancia en las comarcas de Girona.[18] ¿Se debe interpretar esta colaboración de Colomer como una identificación con la ideología política del BOC? Josep Clara piensa que sí, y opina que las cuatro ilustraciones de L’Espurna demuestran “la simpatía y la identificación que [Colomer] tenía que sentir por la formación comunista y su programa”.[19] Si le añadimos las obras que publicó en Front y la portada del libro, desconocidas por Clara, la hipótesis todavía podría cobrar más peso. Sin embargo, estamos hablando de siete pequeñas obras, todas publicadas con pseudónimo. A diferencia de su compañero Gallostra (que militó y fue edil del Ayuntamiento de Girona por el partido centrista Acció Catalana Republicana y fue detenido por los Fets d’Octubre, no hay constancia de que Colomer se integrara en las filas del BOC ni de ningún otro partido. En realidad, no existe nada más en la obra ni en las actividades de Colomer en los años anteriores a la guerra que refuerce su supuesto compromiso político.

Durante la guerra, ambos artistas colaboraron en dos exposiciones de carácter político (a favor de Socors Roig Internacional, Milícies Antifeixistes y Hospitals de Sang, en 1936, y para los Combatents als Fronts, en 1938), pero mientras que Gallostra fue llamado a filas y al final de la guerra vivió en el exilio hasta 1950, Colomer —inexplicablemente— no se incorporó al ejército republicano, ni se exilió, ni sufrió ningún tipo de represalia durante la dictadura.[20] Resulta obvio, pues, que el hipotético compromiso de Colomer con los postulados radicales del BOC no fue ni explícito ni duradero. Al preguntarle sobre la librería Garbí en una entrevista de 1979, Colomer se limitó a responder que “la guerra interrumpió muchas cosas”, y al preguntarle sobre la postguerra, dijo: “No quiero recordar esa época, fue muy triste.”[21]

 

 

Derrota y exilio interior

 

Seguro que Colomer llegó al final de la guerra, a principios de 1939, con la amarga y dolorosa sensación de la derrota. Pero al mismo tiempo ni había tenido que luchar en el frente ni se vio obligado a irse de Girona. Era uno de los muchos vencidos que no se exiliaron. Es posible que con el inicio de la represión franquista tuviera miedo de ser depurado. Su actividad como ilustrador del BOC, su participación en exposiciones de cariz político —a pesar de los pseudónimos y de su discreción natural— y la militancia de algunas de sus amistades habrían sido suficientes para acusarle de “rojo separatista” o por lo menos para negarle cualquier oportunidad de trabajar y de exponer.

Quién sabe si fue para vencer el miedo, para distanciarse de su pasado inmediato o forzado por dificultades económicas, pero lo cierto es que Colomer no se ocultó, y apenas diez días después de la aparición del primer número de El Pirineo: Diario al servicio de España y del Caudillo, el nuevo periódico de la dictadura en Girona —y cuando todavía no habían pasado ni tres meses desde la entrada de las tropas franquistas—, el 18 de abril ya insertó este anuncio:

 

Ese hogar que soñáis… hecho de belleza, de simplicidad, de sentido práctico; que sea el exponente de vuestra personalidad, de vuestras más íntimas preferencias, J. Colomer M., DECORADOR, Rda. F. Puig, 10, puede creároslo haciéndoos un proyecto y dirigiendo su realización.

 

El tono del anuncio contrasta de forma casi contradictoria con la realidad de Girona ese abril de 1939. Es sorprendente observar cómo, en una ciudad todavía maltrecha por los bombardeos y con una población sometida a la represión fascista que vivía entre la miseria, el hambre y el miedo, Colomer se dirige a una clientela que pueda permitirse el lujo no sólo de decorar su casa, sino de contratar a alguien para hacer realidad aquel ideal noucentista de que el hogar sea un reflejo de la personalidad de sus huéspedes. En la misma edición del periódico, un artículo llevaba por título “La desfachatez de Companys”, otro elogiaba a Hitler, y la mayoría de anuncios incluían saludos a Franco. Según Eva Vàzquez, “la desvergüenza con que Josep Colomer divulgaba sus aptitudes ocultaba una realidad dolorosa”.[22] A continuación, ese mismo año, aparecieron anuncios de Joan Orihuel, Pere Perpiñà, Antoni Varés y Alberto Marotto ofreciendo sus servicios como decoradores. “Demasiados profesionales para un mercado tan reducido y en una situación tan precaria”, concluye Vàzquez. Bien fuera por desconocimiento e ingenuidad, bien por no querer reconocer esa realidad, Colomer sólo insistió con el mismo anuncio dos veces más, en el mes de mayo, y luego comenzó a adaptarse a las nuevas circunstancias, políticas, económicas y culturales, de la dictadura.

Seguramente empujados más por la falta de encargos que por la competencia de los otros decoradores, Colomer y su compañera, Carme Sanz, se instalaron con la familia Sanz en Banyoles, y la pareja formalizó su matrimonio con una ceremonia de boda civil y religiosa el día de San José de 1940. Durante la primera mitad de la década vivieron y trabajaron entre Banyoles, Girona y Barcelona. No deja de ser significativo que, en medio de un panorama desolado, represivo y precario para cualquier manifestación artística, Colomer estuviera presente en dos de las primeras exposiciones que se celebraron en la Girona de la posguerra, en junio de 1940 y en abril de 1941. La primera era una enorme colectiva de todos los artistas que se habían quedado en la ciudad, en el salón de descanso del Teatro Municipal, en la que Colomer incluso recibió un premio, y la segunda fue una exposición en la Biblioteca Municipal, junto a Riuró, Roca Delpech y Varés, en la que Colomer presentó diez obras.

Colomer reaparecía y lo hacía en los espacios oficiales del nuevo régimen, aunque fuera de forma discreta. Poco a poco pudo seguir dedicándose a su oficio de decorador y diseñador de interiores, sobre todo de muebles, pero esa voluntad de exponer y la cantidad de obra que produjo durante ese periodo (teniendo en cuenta la que ha sobrevivido) demuestran que la posguerra no le hizo abandonar su vocación. Durante la primera posguerra, Colomer quizás sintió una cierta desubicación, puesto que el mundo que conocía quedó violentamente alterado, y su proceso vital —como el de muchos otros— fue el de una progresiva adaptación al nuevo orden político y social.

Ante la imposibilidad de reconstruir el paisaje cultural de la República, Colomer también se vio obligado a afianzar una nueva esfera de amistades que le permitiera llenar el vacío y la mediocridad de la cultura promovida per la dictadura. Fue un proceso lento, gradual, que se prolongó hasta la segunda mitad de los años cincuenta. En Barcelona y en Tossa de Mar, gracias a Frederic Lloveras, participó en varias tertulias donde conoció a pintores, escritores y galeristas. Otros eran viejos conocidos de Girona o Barcelona que, al igual que él, se habían formado durante la República y ahora convivían con un estado totalitario. Durante esos años, Joan Torras Bachs y el poeta Manuel Pinillos le escribían desde Barcelona, Bilbao, Zaragoza, San Sebastián, París o los Estados Unidos. El propio Lloveras y el escritor Josep M. Gironella también lo hacían a menudo desde el extranjero, hablándole de sus proyectos, de arte, de literatura, de cine, y siempre insistiendo en que se fuera a París. Pero fue en vano: Colomer siempre se resistió a abandonar Girona. No se puede pasar por alto que todas estas amistades, Lloveras, Bachs, Pinillos y Gironella, representaban una categoría de artistas e intelectuales que se habían formado, lo mismo que Colomer, durante los años de la República y que habían sabido hallar su engarce e incluso el éxito en las estructuras culturales de la dictadura, lo que no podía dejar indiferente a Colomer. Por más que un artista —sea de la época que sea— quiera presentar su obra como independiente o ajena a su momento histórico y político, le es imposible hacerlo, y la de Colomer durante los años cuarenta y cincuenta es un buen ejemplo. Y sus opciones vitales, también. En esta época, su fijación por temas como la figura femenina y los paisajes familiares con un tratamiento que era conscientemente retrógrado, alejado de cualquier disidencia estética, nos deja entrever que eligió una opción consciente.

Colomer y Carme Sanz vivían de nuevo en la ciudad de Girona desde 1946, y al cabo de unos meses Colomer entró a formar parte de la junta del Círculo Artístico que presidía un viejo amigo suyo, el pintor Agustí Pera. A finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, tal como lo ha explicado Eva Vàzquez, el Círculo fue “el intento más sobresaliente de conectar el ambiente asfixiante de Girona con los esfuerzos de modernización que despuntaban en la ciudad condal”.[23] La participación de Colomer en la junta y en las actividades del Círculo Artístico de Girona demuestra que no estaba del todo alejado de la escasa actividad cultural de la ciudad como podría parecer. Por ejemplo, gracias a una carta de Joan Torras, sabemos que Colomer asistió a la conferencia del crítico de arte Àngel Marsà Los secretos del arte nuevo en el Círculo Artístico, el 15 de abril de 1950.[24] Con el descubrimiento de los dibujos y las pinturas que guardaba en su estudio y otros que pertenecen a colecciones privadas, ahora también sabemos que fue un periodo durante el que pintó y dibujó intensamente. En noviembre de 1949, el propio Torras le había escrito: “Sé que has trabajado mucho y bien […]. ¿Cómo sigue la idea de una exposición?”[25] Los centenares de apuntes tomados del natural en Tossa, Premià, Banyoles y, sobre todo, Girona, revelan a un observador atento, un excelente dibujante y un colorista metódico –pero que había optado por alejarse de cualquier riesgo.

La precariedad de medios y la represión física y mental de la dictadura no impidieron que a principios de los años cincuenta surgiesen brotes de actividad creativa en Girona, a menudo en forma de grupos de artistas, como el Grup de Girona (1950), los Tres Pintors (1952) e Indika (1952). Durante las Ferias de 1950 también se inauguró La Artística, un pequeño anexo en la tienda del mismo nombre que era una de las pocas salas de exposiciones privadas que abrían en Girona desde la Guerra Civil. Ese verano Torras le reclamaba que pintase Girona alejado de los estereotipos, sabiendo que Colomer era capaz de hacerlo:

 

Tal vez una Devesa más completa que la actual. Una Devesa como te gustaría a ti. Ni española ni francesa. Única. Nueva. —Los hombres como tú y que viven en Girona tienen el deber de explicar, de hacer la exégesis de Girona, sin pintoresquismo, sin dogmas, sin tipismo, sin campanarios —que se me antojan horribles de tanto ver ‘estampas’-—. Eso es: Gerona sin estampa. Hágase la luz de una vez y mándala.[26]

 

Quién sabe si por la insistencia de Torras, y porque acumulaba un volumen de obra considerable, en marzo de 1957 Colomer finalmente se decidió a presentar en La Artística la que en realidad era su primera exposición individual. Carles de Bolòs, que escribía las crónicas de arte de Los Sitios, dedicó un breve comentario a la exposición de Colomer en su característico tono entre la condescendencia y el menosprecio hacia todo lo que no fuera estrictamente académico.[27] Era obvio que no sabía muy bien de quién estaba hablando, ya que en dos ocasiones se refería a él como un joven artista (Colomer tenía 49 años) que, a su parecer, se estaba dando a conocer. La ignorancia y el paternalismo del crítico oficial no debieron preocupar demasiado a Colomer, pero tampoco le animaron a repetir la experiencia, y tendrían que pasar trece años para que volviera a exponer su obra en solitario.

La década de los sesenta empezó para Colomer marcada por dos pérdidas familiares importantes. Primero, en 1960, murió su padre, y dos años después, su tía Francisca, que había sido como una madre para él. La herencia paterna le permitió modificar y ampliar el proyecto de vivienda unifamiliar que en 1959 él y Carme Sanz habían encargado al arquitecto Emili Blanch, una casita y estudio de planta baja a la entrada del valle de Sant Daniel, en las afueras de Girona. La casa se convirtió pronto en un lugar de encuentro y de célebres tertulias semanales de un grupo de gerundenses invitados por el matrimonio Colomer. El pintor Lluís Bosch Martí, años más tarde, la bautizó como “la pequeña casa cósmica” y describió el mundo de los Colomer de aquel periodo como “cerrado, elitista, platónico, idealista, espiritual, esteticista y decadente”.[28] Colomer, en tanto que anfitrión y representante de la generación anterior a la guerra, empezó a erigirse en maestro y guía de algunos jóvenes artistas de Girona, lo que le permitió ganar buenas amistades, pero también inevitables críticas, como la de Bosch Martí. El también pintor y crítico de arte Enric Marquès, que había formado parte del grupo pero se distanció igual que Bosch Martí, sintetizó el valor de la casa de Sant Daniel no tanto por el maestrazgo de Colomer como por el hecho de ser punto de llegada y de salida de los paseos diarios del pintor para ir y venir de su domicilio en la carretera de Barcelona, a través del casco antiguo de Girona. Para Marquès, ese trayecto aparentemente rutinario dio a Colomer la posibilidad de hacer una reflexión y una “especulación intelectual” constantes sobre las lecturas que le ocupaban y la realidad que le rodeaba, y lo consideraba un factor decisivo en su evolución como artista. Marquès lo afirmaba en su crítica de la exposición individual que Colomer finalmente se decidió a hacer en 1970 en la sala La Gàbia de Girona.[29]

Colomer invitó a uno de los maestros de su infancia, Sebastià Pla i Cargol, que por entonces vivía en Madrid, a inaugurar la exposición de La Gàbia. Pla, profundamente agradecido y emocionado, al no poder asistir, envió una carta a la galería con el ruego explícito de que fuera entregada a Colomer en el preciso momento de la inauguración. Por la respuesta de Pla, sabemos que en su invitación Colomer le había dicho que la exposición “culmina la semilla decisiva de aquellos tiempos y días lejanos”, cuando Pla fue uno de sus maestros en el Grup Escolar de Girona.[30] Es decir, Colomer daba a la exposición un valor enorme, y entendía que las obras que presentaba eran la culminación de todo su proceso vital como pintor, intrínsecamente ligado a la ciudad. Ciertamente, como veremos más adelante, desde finales de los años cincuenta y durante los años sesenta, finalmente se había decidido a afrontar una obra más marcada por la investigación formal que, sin ser innovadora, demostraba que quería dejar atrás una fórmula agotada.

La exposición en La Gàbia tuvo una especial significación para Colomer, no sólo por la decisión de mostrar su obra reciente (dieciséis pinturas), sino porque le volvió a hacer presente en el panorama artístico de la ciudad al inicio de una década que sería intensa política y socialmente, en el tramo final de la dictadura y al inicio de la transición democrática. Dos años antes de la exposición, Colomer ya había aceptado participar en la primera muestra colectiva organizada por la Agrupación Nacional Sindical de Bellas Artes (ANSIBA) en la Casa de Cultura de Girona. ANSIBA era el sindicato vertical para los artistas que había creado el régimen franquista en 1964. Colomer se afilió en 1966, y en 1972 era vocal de la junta provincial del sindicato, que —igual que el Círculo Artístico unos años antes— presidía Agustí Pera. Nuevamente, Colomer se mostraba partidario de formar parte de las estructuras toleradas o promovidas por el régimen para, desde dentro, favorecer su renovación. Ello evidentemente comportaba cierto grado de colaboracionismo, no exento de críticas. Pero Colomer parecía haber aceptado que su decisión de quedarse a vivir y trabajar en Girona implicaba ese riesgo. Después de la experiencia de la casa de Sant Daniel, ahora también era consciente del papel que podía jugar en relación con algunos artistas más jóvenes. El pintor Enric Ansesa era uno de ellos, y ha afirmado que

 

él abrió la puerta a varias generaciones y rompió el monopolio de lo que estaba establecido en la Girona plástica. Su intervención en ANSIBA fue su entrada de nuevo en escena. A partir del año 72 Colomer vuelve a ser público, aunque restringido, pero ya hasta su muerte no cejará en su intento de influir en muchos de los aspectos de la ciudad, a pesar de que casi nunca de modo estridente. Mediante pequeños grupos y personas, él, a su manera, hace un esfuerzo para reconducir la sociedad hacia el civismo y la cultura.[31]

 

Además del papel que Colomer jugaba desde ANSIBA, Ansesa habla de la exposición Pintures i escultures d’11 artistes de Girona, que se pudo ver en Camallera y en Girona y que, según Ansesa, había organizado Colomer (fig. 5). “Era un ensayo para abrir nuevas vías y ligar y cohesionar unas actitudes. Creo que el resultado de la muestra fue importante, porque generó una dinámica que llevó como consecuencia a una gran parte de la actividad cultural de las artes plásticas en Girona”, escribe Ansesa.[32] Durante los años 1972 y 1973, en efecto, Colomer estuvo implicado en las exposiciones y actividades de ANSIBA y promovió la entrada de algunos de los artistas de las generaciones más jóvenes. Muy pronto, sin embargo, se hizo evidente que la voluntad de cambio que propugnaban Colomer y otros no podía hacerse desde dentro del sindicato, y presentaron su dimisión de la junta. Francesc Miralles y Narcís Selles apuntan a dos posibles motivos concretos. Mientras que el primero habla de fricciones surgidas a raíz de una exposición de homenaje a Picasso, en el verano de 1973, Selles considera que el enfrentamiento de ANSIBA con el régimen se hizo evidente cuando la junta promovió el boicot a los premios de pintura Villa de Palamós en protesta por el derribo de la Casa Ribera, un edificio modernista de aquel municipio.[33] Sea como fuere, mientras que la mayoría de disidentes de ANSIBA se implicaron inmediatamente en la organización de otras formas de oposición y reivindicación políticas a través de las artes visuales —que desembocaron en la creación de la Assemblea Democràtica d’Artistes de Girona en 1976—, Colomer se quedó al margen de las actividades del grupo. Únicamente, en septiembre de 1976, participó en la exposición Homenatge a Carles Rahola (núm. Cat. 456), cuando la muestra viajó a la Fundación Miró de Barcelona, después de haber pasado por Girona y Cadaqués.

 

 

El trabajo y la reflexión de los últimos años

 

En 1979 Colomer hizo una nueva exposición individual de su obra reciente en Girona, coincidiendo con un nuevo periodo de intensidad creativa. En una de las pocas entrevistas que se le hicieron nunca, explicó que “pintar siempre me ha gustado, pero hasta ahora no me he obligado a hacerlo tan a fondo. Una exposición que hice hace poco me ha ayudado a adquirir esta continuidad y me ha dado ánimos”.[34] Estaba, por lo tanto, ilusionado, pero al mismo tiempo se mostraba insatisfecho con la propia obra y crítico con algunos cambios arquitectónicos y urbanísticos que veía en su ciudad. Tal como escribió en el catálogo de 1996 su amigo y neurólogo Joaquim Jubert, la insatisfacción había llevado a Colomer a hacerle creer que su producción era irregular y esporádica, cuando ahora se ha podido comprobar que durante los años setenta trabajó mucho. Poco después, entre finales de 1980 y principios de 1981, sufrió dos ictus cerebrales que le impidieron retomar su actividad pictórica durante dos años. Cuando pudo volver a ella, durante el resto de la década de los ochenta siguió trabajando en los mismos temas con insistencia: “Nunca he dejado de pintar. He ido pintando para mí mismo, ya que la pintura representa una búsqueda permanente. […] [Girona] tiene innumerables posibilidades pictóricas. Inauditas, inverosímiles”, declaraba en una entrevista con motivo de la exposición individual de 1986.[35]

Durante este periodo, empero, también se reveló el Colomer interesado en el pensamiento, la estética, la psicología, la antropología y la grafología. Colomer siempre había sido un gran lector, pero en su madurez quiso establecer una continuidad entre la ciencia y el arte, intentando trasladar a la tela las cuestiones científicas y filosóficas que le preocupaban. Por los mismos motivos, fue entonces cuando también se dio a conocer como escritor. Gracias a su epistolario y a los poemas que se han descubierto en su legado, ahora sabemos que siempre fue un escritor apreciado por su círculo íntimo de amistades, pero a principios de los años ochenta publicó además una serie de artículos en la prensa local en los que afloraban los conocimientos y las inquietudes de un Colomer que parece sentir la necesidad de compartir sus reflexiones, un proceso que culminaría con la autoedición de sus libros de 1982 y 1991. A pesar de su estilo ampuloso, por encima de todo los textos de Colomer expresan una voluntad de incidir en su realidad más inmediata, una ciudad que ve cambiar rápidamente y no siempre acorde con sus deseos.[36] En 1989, por ejemplo, manifestó su frontal oposición a la construcción de la variante de la N-II a través del valle de Sant Daniel, y así se lo comunicó por escrito tanto al presidente de la Diputación como al alcalde de Girona.[37]

El trabajo intenso desde la discreción, la actitud crítica y cívica, y la voluntad de dar a conocer sus reflexiones, lo llevaron progresivamente a ver las múltiples vertientes de su obra como diferentes caras de un solo cuerpo, de un mismo discurso de pensamiento y articulado de acuerdo con una única lógica. Ello también le alejó de la anécdota pictórica, de la referencia explícita a lugares o personas, y sus obras fueron evolucionando hacia un formalismo en el que no buscaba otra cosa que el equilibrio compositivo y cromático, lo que él mismo llamó un “estricto prodigio creativo”.[38] Sin embargo, Colomer era consciente de que hacía muchos años había hecho una opción por Girona, por su ciudad, y siempre fue y será un pintor de Girona. La ciudad le dio casi todo lo que poseía y conocía, y su último gesto fue donar la casa de Sant Daniel al Ayuntamiento. En el momento de la polémica sobre la variante de la N-II se lo llegó a replantear, pero finalmente, agradecido por la pequeña exposición retrospectiva de 1991, correspondió al gesto con su característica generosidad. Tal como ya había declarado en 1989: “[Girona] me gusta mucho y no me gusta nada. Es la contradicción de mucha gente. Soy hijo suyo y estoy muy unido a la ciudad, a pesar de sus defectos.”[39]

No debemos olvidar ni por un momento, mientras pasamos las páginas de este libro, que Colomer optó por guardar y no enseñar la mayor parte de las obras que ahora podemos ver. Expuso muy pocas veces, y lo hizo consciente de que era un pintor local, con poca audiencia y sin capacidad para comunicarse con nadie más allá de un reducido círculo de amigos y admiradores. Y se conformó con eso; de hecho, no vivió nunca de su producción artística, y cuando alguien le daba dinero a cambio de una pintura, él lo destinaba a instituciones benéficas. Vivió momentos históricos complejos y difíciles, y habría podido optar por posiciones más radicales, más comprometidas, más heroicas, con lo cual ahora nos sería mucho más fácil glorificarlo y mitificarlo. Su postura, su lección, en cambio, es de un calibre diferente. Su pintura es silenciosa pero no muda. Es una pintura anacrónica, pero Colomer era consciente de ese anacronismo. Ante el estrépito de la modernidad y el vacío del siglo del progreso que le tocó vivir, decidió ofrecernos pequeños espacios para la reflexión callada, para la observación atenta, para aprender a apreciar y valorar lo que nos envuelve diariamente: la ciudad, los paisajes, los objetos y las personas que amamos.

 



[1] Jordi Falgàs, “Les Sales Municipals exposen la trajectòria pictòrica de Pep Colomer”, El Punt, 13 abril 1991.

 

[2]  Pep Colomer Martí, respuesta a una petición del Departamento de Arte del Colegio Universitario de Girona solicitando un currículum para un archivo de los artistas gerundenses (22 febrero 1974), manuscrito, Fondo Colomer, Fundación Colomer-Sanz, núm. reg. 1021.

 

[3] Sobre Labarta, véase Elisa Queralt i Galobardes, “Francesc Labarta: la seva obra artística i docent” (tesis doctoral, Universidad de Barcelona, 1990).

 

[4] Colomer, “Girona i l’Aguilera”, a Mostra-homenatge a Josep Aguilera i Martí: 1882-1955 (Girona: Fundació Caixa de Girona, 1978), s/p.

 

[5] Sobre la academia de Josep Aguilera, véase Eva Vàzquez, ed. Josep Aguilera: Girona, l’exili i la pobresa (Girona: Museu d’Art, 1997).

 

[6] “Gacetilla”, Diario de Gerona, 27 marzo 1930.

 

[7] “Diputación”, Diario de Gerona, 7 junio 1930, y “Gacetilla”, 10 julio 1930.

 

[8] Sais, “Art: El triomf d’uns gironins”, Diario de Gerona, 13 octubre 1930.

 

[9] L’École Logelain se fusionó con la Escuela Van der Kelen en 1952 y ha seguido funcionando hasta la actualidad con el mismo método. Véase “Historique”, Institut Súperieur de Peinture Van der Kelen Logelain, accedido 22 agosto, 2012, http://www.vanderkelen.com/FR/history.html

 

[10] Véase el anuncio “Pro Monument a Fidel Aguilar”, El Autonomista, 29 marzo 1930. A partir de entonces, Amics de les Arts publicó semanalmente en el Diario de Gerona una lista de los nombres y las aportaciones que habían hecho. Pep Colomer es mencionado el día 3 de abril con una aportación de 3 ptas.

 

[11] P. M., “Fidel Aguilar: Un bon projecte a la seua memòria”, El Autonomista, 29 marzo 1930.

 

[12] Véase Sais, “Art”, Diario de Gerona, 28 marzo 1930; Lluís Bota i Villà, “Pro Monument a Fidel Aguilar”, El Autonomista, 5 abril 1930; “Art: Inauguració del monument a Fidel Aguilar”, Diario de Gerona, 30 junio 1930; “L’inauguració del monument a Fidel Aguilar”, El Autonomista, 30 junio 1930. Años más tarde, Josep Clara seguía afirmando que la autoría era de Gallostra y Comas. Véase Josep Clara, “Amics de les Arts i Fidel Aguilar”, Revista de Girona 167 (noviembre-diciembre 1994): 87, y Clara, “Francesc Gallostra, pintor de Girona”, Revista de Girona 188 (mayo-junio 1998): 44.

 

[13] Carles Rahola, “L’escultor Fidel Aguilar”, El Autonomista, 30 junio 1930. El segundo artículo es citado en Clara, “Francesc Gallostra, pintor de Girona”, Revista de Girona 188 (mayo-junio 1998): 44.

 

[14] Véase “Gacetilla”, Diario de Gerona, 8 abril 1931, y “Noticias”, El Autonomista, 10 abril 1931. Curiosamente, ambos diarios sólo hacen referencia a los estudio de Colomer en la École Logelain y no dan cuenta de su paso por la Academia. Clara cita una carta de Gallostra a Carles Rahola fechada en Bruselas el 9 de marzo de 1931 donde le informa de que ha tomado la decisión “junto con el compañero Colomer [de] establecernos como decoradores en Girona”. Véase Josep Clara, “Pep Colomer, entre el disseny comercial i la proposta revolucionària”, Revista de Girona 176 (mayo-junio 1996): 47.

 

[15] Véase el artículo de Lluïsa Faxedas, en el segundo volumen, pág. 10-37.

 

[16] Colomer, “Presència de Fidel Aguilar a la Girona dels anys 30”, en Fidel Aguilar (un noucentista gironí), Narcís Comadira, ed. (Girona: Ajuntament, 1991), 57. Publicado originalmente en Fidel Aguilar, Jaume Fàbrega, ed. (Girona: Ajuntament / Col·legi d’Arquitectes de Catalunya i Balears, 1972), 17.

 

[17]17 Joaquim Vergés, carta manuscrita, París, 17 julio 1932. Fondo Colomer, Fundación Colomer-Sanz, núm. reg. 1010.

 

[18] Véase Rafael Pujol, “El Bloc Obrer i Camperol a les comarques gironines”, Presència 338 (1974): 9-14. En este artículo Pujol dio a conocer que Colomer era autor de algunas ilustraciones en L’Espurna. Sobre el BOC y las diferentes publicaciones, véase Andrew Durgan, BOC 1930-1936: el Bloque Obrero y Campesino (Barcelona: Laertes, 1996), 110-12.

 

[19]  Clara, “Pep Colomer, entre el disseny comercial i la proposta revolucionària”, Revista de Girona 176 (mayo-junio 1996): 47.

 

[20] Sobre las exposiciones en Girona durante la Guerra Civil, véase Clara, “Art i Guerra Civil (1936-1939). L’exemple de Girona”, Annals de l’Institut d’Estudis Gironins XLIII (2002): 263-77.

 

[21] Anna Carrascal, “Pep Colomer Martí. Espiritual i exigent”, Punt Diari, 19 mayo 1979.

 

[22] Eva Vàzquez, “El llenguatge de les arts”, en Sota la boira: lletres, arts i música a la Girona del primer franquisme (1939-1960), de Josep Clara, Narcís-Jordi Aragó, Joan Gay i Puigbert y Eva Vàzquez. (Girona: Museu d’Art, 2000), 91. Vàzquez ofrece como fecha del primer anuncio el mes de mayo, pero en realidad apareció el 18 de abril, seguido por otros iguales el 16 y el 29 de mayo.

 

[23] Vàzquez, 129. Sobre el Círculo Artístico véase también Narcís Selles, Art, política i societat en la derogació del franquisme (Gaüses: Llibres del Segle, 1999), 35-38.

 

[24] Joan Torras Bachs, carta mecanografiada, Barcelona, junio 1950. Fondo Colomer, Fundación Colomer-Sanz, núm. reg. 1110.

 

[25] Torras, carta mecanografiada, Barcelona, 21 noviembre 1949. Fondo Colomer, Fundación Colomer-Sanz, núm. reg. 1102.

 

[26] Torras, carta manuscrita, Barcelona, 27 junio 1950. Fondo Colomer, Fundación Colomer-Sanz, núm. reg. 1108.

 

[27] Véase Carles de Bolòs Vayreda [Argos, pseud.], “Exposición Colomer Martí”, Los Sitios de Gerona, 23 marzo 1957.

 

[28] Lluís Bosch Martí, “Llegint ‘Carlota a Weimar’ a Sant Daniel”, Diari de Girona, 18 agosto 1995.

 

[29] Enric Marquès [Eugeni Ribalta, pseud.], “El camí silenciós de Pep Colomer”, a L’art, la ciutat i el món, introducción y selección de Narcís-Jordi Aragó y Josep Clara (Girona: Diputación de Girona, 1996), 87-88. Publicado originalmente en “Pep Colomer”, Presència 287 (9 enero 1971): 15.

 

[30] Sebastià Pla i Cargol, carta mecanografiada, Madrid, diciembre 1970. Fondo Colomer, Fundación Colomer-Sanz, núm. reg. 822.

 

[31] Enric Ansesa, “Josep Colomer després de l’eclipse”, a Pep Colomer (1907-1994), Ansesa et al. (Girona: Museo de Arte, 1996), 18-19.

 

[32] Ansesa, “Aproximació a Pep Colomer. L’home i l’obra”, en Pep Colomer (Pintura), Ansesa y Colomer (Girona: Ayuntamiento, 1991), 5.

 

[33] Véase Francesc Miralles, “A la recerca del fet artístic a la Girona de postguerra (1940-1980)”, en Plàstica gironina actual (Girona: Diputación, 1980), s/p; y Selles, 41-43.

 

[34] Carrascal, “Pep Colomer Martí. Espiritual i exigent”.

 

[35] Miquel Gil Bonancia, “Entrevista amb… Josep Colomer i Martí”, Los Sitios-Diari de Girona, 17 enero 1986.

 

[36]  Véase Francesc Carbonell, “Recull de textos filosòfics d’en Pep Colomer”, en Pep Colomer (1907-1994), Ansesa et al. (Girona: Museo de Arte, 1996), 27-40.

 

[37] Véase Colomer, borrador de carta enviada a Josep Arnau, presidente de la Diputación, y a Joaquim Nadal, alcalde de Girona, Girona, 9 febrero 1989; y Joaquim Nadal, carta mecanografiada en respuesta a Josep Colomer, Girona, 14 febrero 1989. Fondo Colomer, Fundación Colomer-Sanz, núm. reg. 13 y 12.

 

[38] Colomer, s/t, texto de presentación en Pep Colomer (Pintura), 4.

 

[39] Carrascal, “Pep Colomer Martí. Espiritual i exigent”.